De AP a Vox (1983-2019)
Desde la irrupción de Vox en las instituciones hemos acudido a una campaña de descalificación y manipulación ideológica, solo comparable con los comienzos de AP-PDP y U. Liberal de 1983.
Los mismos eslóganes; la misma campaña de extremismo; las mismas acusaciones de fachas, fascistas y un largo etc., que por aquellos años también se vertían sobre quienes militábamos en la formación conservadora. Hecho por el cual se dieron muchos casos en que para las elecciones municipales -por citar un ejemplo- el mero hecho de que un nombre circulase -caso de Siero- como posible candidato, saliese inmediatamente a desmentirlo en prensa, máxime si este era un empresario más o menos importante o una persona más o menos influyente y conocida. O sea: igual que ahora ocurre con los que lidera Santiago Abascal (antes era Manuel Fraga), donde un "indicio" de pertenencia o simpatía es un estigma que nadie quiere verse señalado.
Pero como la realidad termina siendo contemplada desde la razón y la lógica, hoy, aquellos AP-PdP y liberales, liderados por un político que venía -como casi todos- del régimen anterior y que según los "progres" de la época, serían el posfranquismo se ha convertido en lo que es el Partido Popular en la actualidad. Hoy, ciertamente, falto de una definición ideológica, que no termina de fraguarse -ni terminará- mientras queden residuos de aquel nefasto congreso de Valencia.
Pues bien, esa misma "travesía de desierto" es la que está padeciendo Vox, a modo de peaje, por tener un discurso "políticamente incorrecto" y muy alejado del progresismo de pensamiento único, que actualmente está en boga. Discurso, que salvo por los años transcurridos, en esencia, viene a ser similar al de aquella Alianza Popular: las autonomías del café para todos; la unidad de España; la lucha contra el terrorismo; la familia, la patria, la libertad, la democracia, la libertad de enseñanza, la emigración, etc., etc. Todo esto lo defiende hoy Vox, como ayer lo defendía AP (ver: "Soluciones para una crisis Alianza Popular"). Y hoy como ayer nos encontramos con los mismos obstáculos, por parte de los más afines -supuestamente- PP y Ciudadanos: como ayer, se tenían con UCD y CDS que de alguna manera eran los aliados naturales con los que había necesariamente que entenderse.
Manuel Fraga fundó Alianza Popular saliéndose de la órbita ideológica de Adolfo Suárez. Santiago Abascal fundó Vox, escapándose de la de Mariano Rajoy, que había desideologizado el espacio político, que llevó al partido a ganar elecciones con amplia mayoría y hoy se encuentra en un impase, a la espera de una regeneración de principios por su manifiesta indefinición.
Vox no es un movimiento espontáneo que haya cristalizado en la sociedad en un momento puntual. Es producto del abandono hacia el centro izquierda, llegando a la socialdemocracia, de los populares, en una búsqueda de captar votos al PSOE. Así es que amplios sectores de votantes conservadores no se encuentran ya representados por Génova, y están encontrando en el partido de un ex popular como Abascal muchas más coincidencias ideológicas, en aquellos valores de los que se han visto privados desde el congreso de Valencia. Por ello, calificativos de extremismo, de los que es víctima Vox, no son más que la consecuencia de ver cómo una parte cada vez más importante de españoles desean libertad, pero con orden; igualdad ante la ley; regionalismo, ante nacionalismo; familia natural, ante la desnaturalización de la familia; defensa de la propiedad privada, que es el principio básico de la libertad, ante la tendencia a la abolición, a base de impuestos confiscatorios. Respeto a nuestra historia, a nuestras traiciones, sin nacionalismos rupturistas, y excluyentes. En suma, una nación, y no muchas nacionalidades, y un mismo derecho, desde Finisterre, hasta las Torres de Hércules... Así de sencillo, y así de fácil.
No caiga Casado en los cantos de sirena, ni de ciudadanos, ni de los socialistas, que pretenden comparar a Vox con el ideario de Le Pen, cuando el más parecido al francés son los Puigdemont, Torras y compañía y hay quienes se sientan y negocian con ellos sin ningún pudor. Tranquilidad, por tanto, pues ayer como hoy la historia se repite y por ahora con Vox hay que sentarse sí o sí.
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