Reflexiones poselectorales
Una de las cosas que más se están echando de menos en nuestra patria es la reflexión sosegada que debe seguir a los hechos para sacar alguna enseñanza de las experiencias vividas. Es razonable que, tras el “atracón” electoral recientemente pasado, se proceda a contrastar lo previamente supuesto con lo realmente sucedido, aprendiendo así para encarar el futuro.
Lo primero que debiéramos preguntarnos es por las exigencias formales de participación. ¿Se han cumplido correctamente? Veamos:
Nunca como ahora ha sido más compleja y heterogénea la pluralidad de grupos concurrentes, cuya aceptación debe ser analizada y clasificada. Se plantea si pueden y deben registrarse a grupos que se proclaman contrarios o ajenos a la Constitución española vigente. ¿Son todos los que se presentan razonablemente registrables? En Francia (de régimen republicano) no se aceptan partidos monárquicos. En Alemania no se admiten grupos comunistas ni nazis como partidos legales.
Haciendo abstracción de estos considerandos, el resto de formaciones políticas pueden incluirse en derecha o izquierda, porque el centro es un concepto geométrico que se define como un punto inmaterial (sin dimensiones). Política y semánticamente es una “entelequia”; esto es, como bien dice el diccionario de la RAE, “una cosa perfecta, pero irreal”. En la práctica, los partidos políticos son clasificados por los ciudadanos, basándose en tres criterios: principios, actitudes y apariencias. Los principios se consideran fundamentales, pero como pueden quedar deformados por las apariencias, lo más sensato y seguro es juzgar “por actitudes probadas”, que son las que otorgan mayor fiabilidad.
Otro punto de reflexión lo ofrecen las convocatorias. ¿Cómo serían más deseables para los ciudadanos? ¿Agrupadas? ¿Más espaciadas? ¿Por mitad del conjunto de la composición de las Cámaras, para no desestabilizarlas? ¿Con dos vueltas, más reflexivas para el votante? ¿Con previo anuncio de pactos poselectorales concretos antes de realizar la segunda vuelta, y con más seguridad para el elector?
Podría y debiera cuestionarse también ¿por qué no se respeta escrupulosamente el periodo oficial de la campaña electoral? Los movimientos preelectorales aburren a Lázaro, y comportan gastos extraordinarios.
Los alcaldes de pequeños municipios se quejan, muy razonablemente, de su ridícula dotación económica de campaña (178 euros), y del desmedido riesgo de aumentar ese gasto (con hasta 50.000 de sanción posible). Obviamente no pueden ofrecer papeletas de su candidatura, lo que supone una desventaja inadecuada que disfrutan los partidos mayoritarios. Este reparto previo es claro que aumenta extraordinariamente el gasto electoral innecesario. El elector puede y debe ser orientado por el Estado –a través de los MCS– sobre la manera de proceder en los colegios, escogiendo y cumplimentando de forma adecuada la opción que estime más oportuna. Esto es, educación política elemental.
Es evidente que en los procesos de campaña actuales sobran autoaplausos, besos y abrazos, que en la práctica solo tratan de desviar las “razones” de los votantes al área de los “sentimientos”, cuando son los “criterios objetivos”, y no los simples “gustos”, los que deben encauzar la elección.
La negociaciones poselectorales de los partidos sin previo conocimiento de los votantes atentan contra la esencia misma de la democracia. El momento y lugar adecuado para los pactos está entre la primera y la ulterior convocatoria (en las segundas vueltas, que son muy recomendables), pues luego entran en juego condicionamientos partidarios de alcance superior, tanto nacionales como de la UE, que ignoran los votantes, primando los del grupo.
Absolutamente incompatibles con los más elementales principios democráticos, son las exclusiones arbitrarias (e inútiles), realizadas al margen de la Constitución, y desde el mismo plano o nivel de competencias políticas, descalificando y marginando a los demás, con el único criterio del arbitrio sectario.
Me reafirmo en la opinión, ya expresada anteriormente desde las páginas de LA NUEVA ESPAÑA, de la urgente necesidad de disponer de un Gobierno preelectoral al margen y por encima de los partidos políticos que pueda ordenar y dirimir cuestiones esenciales de objetividad y neutralidad, y más aún en un momento privilegiado, en el que España ocupa el tercer o cuarto puesto de la UE, y debe servir de ejemplo a todo el Viejo Continente.
José María Casielles Aguadé
Oviedo
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