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Más historias de la Asturias mágica

7 de Junio del 2019 - Antonio Parra Galindo (CUDILLERO)

Encontré llorando a mi amigo Liborio a las puertas del convento: "qué te pasa pues" "Leí los cuadernos de fuego y quemé mi alma". "Vaya por Dios" "¿Y es irreversible?

Los lictores de las clases portaban las fasces (manojos de la gran insignia) del portaestandarte, yo llevé siempre el lábaro de la ignominia, y el gato de siete colas con las que azotaban a los reos.

Metí la vertedera de los recuerdos y me salió el cromo balón de mi infancia triste, llantos y fracasos, malos pasos de los que me arrepentí.

En 1981 viví unas navidades revolucionarias en Polonia y por la radio escuchaba las cartas desde América de sir Alistair Cook, un inglesote de voz pulida y algo nasalizada.

En Montesana cerca de Betulia me prendió la justicia e ingresé en prisiones; el diablo andaba por allí. Cuando me llevaban los civiles yo escuchaba una voz interior que me acariciaba y decía: "Villeguillo, tienes que buscar a Dios dentro de ti".

Hacía bastante calor. Era en pleno de agosto y las cúpulas y las torres de las iglesias hervían como sartenes.

En la celda hice lo posible por liberarme de mí mismo pero no podía evadir de la memoria el rostro de aquella mujer. Los presos gallegos habían organizado una queimada, me invitaron y no fui. Sonaba en la galería de abajo el ronco fuelle de la gaita tocando muñeiras. Tristes fueron mis prisiones. Pasaba mis ocios en la hemeroteca del presidio donde había periódicos de los años 60. Me gustaba mirar las fotos que traía el ABC del canciller Erhardt que fumaba puros kilométricos, símbolo del desarrollo económico.

Como soy fumador en pipa las casas comerciales me traían sus brezos para que los desfogara. Luego se vendían a precio de oro aquellas cachimbas Dunhill, bien preparadas y desbastadas por nosotros en las tiendas del barrio más elegante de Londres.

A los seis años cumplí condena y me vi a las puertas de la cárcel con mi hatillo en bandolera y el ancho mundo a mis pies. Aquel año emprendí mi viaje iniciatico subiendo por las peñas de la cordillera de la literatura, me asomaba a abismos desconocidos pero, como no tengo vértigo, salí indemne. Emprendí mi camino desde el penal de los Reyes que había sido convento cisterciense. Un fraile blanco que se parecía a san Bernardo o era el mismo santo en persona, tonsura desparramada hasta el cerquillo, sus pómulos ayunadores y brillantes iluminaban suaves eran los ojos de san Bernardo, el hermoso paisaje de Valencia. Los mirlos ("ousel") cantaban un tema de los Beatles, cuando yo salía de la trena, porque el mirlo es un ave que calza coturno inglés y largo pico, le llaman "ousel" en el sur de Inglaterra y en el norte "bagpipe", saludaban al pobre vagabundo sin fortuna y ex presidiario. ¿Adonde el camino irá?

Las buenas gentes salían al verle a los caminos y le preguntaban:

¿Hacia dónde marchas, camarada?

Y él daba una respuesta vaga a los inquisidores:

¿Donde irá el buey que no are? Yo voy a lo mío.

Sin dirección ni punto fijo pero bajo la mirada bondadosa del Ángel de la Guarda que no lo desamparaba desde niño, buscó las sendas del Norte, cruzó Payares, oyó misa en Arbás, besó la mano a su amigo el párroco don Primo que estuvo con él en el seminario, se encomendó a la Virgen Pura y descendió por los desmontes de Peña Ubiña. Le gustó un rotulo en una peña donde un mozo había escrito un mensaje de amor a su mocina "Quierote mucho Rosarin, ya lo sabes que soy tu amorín" y el vagabundo que no tenía donde ir pasabale igual que a los de Salamir o a los de Lamuño que cagan en un puño pero de Asturias no pudo ya salir los pasos le llevaron a la aquerencia de la infancia derrotando por calellas y sendas de zarzas. Oíase ya el bufido de la mar y él pensaba para sus adentros: "Regreso al Paraiso" y besó la medalla de la Santina que coligaba en cuello desde que se lo puso su abuela el día que hizo la primera comunión.

Los dioses moran en el Monte de Santana, yo les saludo cada mañana y rezo hacia ellos una oración que porta el viento. Son los manes protectores de este pobre viejo en su jubilación.

Toquemos la flauta que Zamora no se gana en una hora y la gaita escocesa y la asturiana son parientes de la gaita escocesa. Las brisas atlánticas y cantábricas hicieron de nosotros buenas gentes celtíberas. Semos brumosos, algo fantasiosos y grandilocuentes pero empecinados en nuestra tradición y un poco soñadores. Nos gustan las cuentas sin desdeñar a los cuentos.

Y aquí estoy en Oreanda, este rincón perdido en las anfractuosidades de la montaña astur. Cerca de la marina. desde aquí escucho el mugir de las olas que llegan desde Inglaterra. Folkstone, York, Dover, Cornualles. Allí tuve amores y fui un español feliz.

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