Respeto al elector y Gobierno monocolor
Hace pocos días comentaba desde estas amables páginas de LA NUEVA ESPAÑA unas sugerencias sobre “Reflexiones poselectorales”. Por la autolimitación que impone la mesura, había dejado algunas consideraciones pendientes, también importantes, porque afectan a la esencia misma de la democracia, que no puede reducirse a un simple acto de votación, pues se ha de garantizar también el absoluto respeto al elector, y la escrupulosa caución al procedimiento, que debe estar libre de toda suerte de manipulaciones y cambalaches posteriores.
En las elecciones pasadas hemos asistido a inaceptables “errores” en el trasvase de votos, desde las mesas electorales al control central de resultados. Los “errores”, detectados en Asturias, León, Cantabria, Madrid, Castilla-La Mancha, Murcia, etcétera, no eran aleatorios, sino –en su mayoría– unidireccionales, con responsabilidad de las empresas contratadas, encargadas de esta tarea. Estos episodios son graves, porque socavan la credibilidad de los ciudadanos.
En esta primera quincena de junio vivimos nuevas inquietudes indeseables: nuestros votos –ya traducidos en escaños– son manejados como “cheques políticos en blanco”, disponibles para la negociación de los partidos en los pactos electorales, sin atender a ningún compromiso previo. Los jefes políticos –innecesariamente llamados líderes– se consideran libres para escorarse a babor o a estribor, como si las ideas políticas fuesen agua tónica que combina con cualquier otra cosa. Ya he comentado que en los países democráticos se acostumbra a exigir a los partidos sus “proyectos de pactos”, entre la primera y segunda vuelta electoral, lo que les obliga a respetar y precisar la orientación exacta de los programas ante sus electores, es decir, al estricto respeto de los votos recibidos.
Bueno es también recordar que a los comicios siguen la investidura, la formación de Gobierno y el desarrollo de la legislatura, que no siempre se culmina.
La investidura ha sido impecablemente ofrecida por S. M. el Rey, al jefe del partido más votado. Se cuestiona ahora si obtendrá la mayoría absoluta o relativa del Congreso en primera o segunda votación y se plantean posibilidades de presión o extorsión “contaminante”, por otros partidos, para conseguir esa mayoría, negociándose contrapartidas e incluso ministerios. Se formulan apoyos y abstenciones en un medido mercadeo, que finalmente tiene posibilidad de consumarse. Llegado a este punto, cabe preguntarse si no sería deseable romper estos trapicheos con un “apoyo por desbordamiento del sí”, que acabaría con aquellas miserables maniobras. Y ello, con la única condición de exigir un Gobierno monocolor y unirresponsable. La imagen exterior de España sería mejorada, y sobrarían ocasiones de control y de censura, a lo largo de la legislatura, para modular y reconducir las decisiones del Gobierno, como las que ofrecen –entre otras– la aprobación anual de los presupuestos, la regulación constitucional de los partidos, reformas necesarias de la ley Electoral y un mayor rigor, en el respeto a la Constitución española, que no se puede seguir jurando “por los presos políticos”, ni “por Snoopy”. Las formas también son importantes. Posiblemente un panorama así sería preferible a un gobierno multi-partito, contaminado con presiones de la ultraizquierda, que es la otra alternativa que se presenta.
José María Casielles Aguadé
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