Menos lobitos
Lo que vienen diciendo, dicen y puedan seguir diciendo la mayor parte de los integrantes de la actual clase política española es bastante prescindible y puede darse por no oído; simplemente por salud mental, estomacal e intestinal. Su discurso consiste en baladronadas, mantras y consignas, lenguaje de loritos (y loritas), expresión de la más irredenta hemiplejia ética, intelectual y postural. Y cuanto más agnósticas se proclaman, más dogmáticas resultan estas gentes a la hora de mitificar su superioridad moral y fabular sobre lo hecho y lo por hacer. Todo ello aderezado no solo por la lógica crítica al rival ideológico, sino por la cerril y frecuentemente falsaria deslegitimación del enemigo al dictado partidista (cuando no foráneo) y una impune incontinencia verbal que sustituye a ingenio y gracia (“Fruición por el dicterio” en palabras de un político de los que ya no hay, según cita que tomo prestada de docto jurista que nos traduce el espíritu de las leyes desde estas páginas).
Pero si tan fatigosa verborrea irrita viniendo de corrientes y siglas con las que uno no tiene la menor sintonía, como peste mimética desconcierta, duele y deprime mucho más cuando aflora cerca de nuestras narices. Ver cómo caen en los mismos excesos autistas o en las mismas carencias gremiales quienes -por su entidad y antecedentes- parecieran poder descollar de la previsible mediocridad dominante resulta desolador.
Y es que los recientes discursos de transferencia de bastón en nuestro Ayuntamiento de Oviedo no han servido solo para reafirmar cataduras contrastadas o esperables, sino para añadir alguna -para mí- lamentable sorpresa. Y es que resulta que don Ignacio Cuesta -“sin papeles y pausado” en palabras del cronista- se ha descolgado el sábado estableciendo socorridas simetrías, equidistancias y contrapesos entre extremeños que no se tocan. Ha acusado a la extrema izquierda de tratar de imponer una ideología periclitada en el siglo XIX (cuando todavía era -esa ideología- una virgen con ardoroso porvenir curricular para el XX) y ha culpado al extremo de la derecha de algo bastante más concreto y, a su juicio, tanto o más reprobable que el bolivarianismo 3.0: “Atentar contra los valores constitucionales, no defender los derechos de las minorías y querer derogar la ley de violencia de género”.
Que esto lo diga cualquier imprudente con camiseta en un calentón parlamentario o de chigre -foros que últimamente tienden peligrosamente a asemejarse- podría engrosar con pleno derecho la bolsa marrón de lo biodegradable. Que esto lo diga un experimentado letrado da pena, da grima, da rabia y da miedo (a no ser que sea un desliz -por no llevar papeles- de su declarado sentido del humor). Querer “derogar leyes” -la de Memoria Histórica por encarrilante, la de Violencia de Género por desequilibrada, la de Vagos y Maleantes por tendenciosa, la de Plazos por discriminación infantil, la de Fugas por expeditiva o la de Residuos por puntillosa- es -digo yo- un legítimo derecho que todos tenemos y que todos podemos ejercer hasta donde se llegue por legítimos y legales cauces. Quizá sea “no defender los derechos de las minorías” haber sentado en el banquillo a presuntos golpistas cuando otros se miraban el ombligo o evaluaban réditos. Quizá alertar de los riesgos de las discriminaciones positivas también sea “estar contra las mujeres”. Estas dos cuestiones -sexogénero (sic) y minorías- darían para mucha casuística y mucha demagogia si lo único que se sabe o se pretende hacer es demagogia.
Pero lo que es muy serio, por su carácter sustancial, radical e integral, es afirmar que un partido legal, legitimado por la Constitución y por sus urnas, podría estar integrado por miles de potenciales delincuentes y respaldado por entre dos y tres millones de abducidos desfilando como ocas contra el orden constitucional y sus valores. Supongo que ser contrario a las diputaciones provinciales o estar a favor suyo es legítimo y no atenta contra los valores constitucionales. Supongo que querer modificar la Ley Electoral es tan legítimo y no atentatorio como no quererlo. Supongo que es igualmente legítimo (no escribo razonable o conveniente) aspirar a un federalismo asimétrico o a un centralismo a la gala, previa panacea en versión de reforma constitucional que ni burle ni atente contra la propia Constitución. Quizás hasta sea compatible con el respeto a los valores constitucionales que un partido de centro anfótero asuma acríticamente los eslóganes del pensamiento único que dictan la Internacional, los Soros, los Bonaparte, los Bilderberg o los del compás, si es que no son lo mismo -el Sistema- o que se alternan en la tarima. Y ya puestos, ¿no es posible que un partido vaya contra ese Sistema -o sea, que sea antisistema especular- siendo tanto o más respetuoso con los valores constitucionales que tantos y tantos maniobreros, trileros e hipócritas expendedores de bulas y certificados de legitimidad, buena conducta y constitucionalismo?
Además de dejarnos alimentar la esperanza en una nueva Corporación municipal, háganos usted otro gran favor -otros dos favores, señor Cuesta, respetado y respetable adjunto al Alcalde-: primero, facilítenos un listado de los atentados perpetrados por Vox contra los valores constitucionales. Y, segundo, si motu proprio o aceptando la representación de unos cuantos constitucionalistas anónimos y quejosos, entre los que me encuentro, estaría dispuesto a sustanciar ante los tribunales, como acusación particular, las pertinentes denuncias por atentado. Yo creo que Vox lo haría.
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