Con ilusión y esperanza
Con ilusión y esperanza, tal como reza en el epígrafe, se puede recibir a la nueva Corporación municipal que, bajo la batuta de Alfredo Canteli, va a gobernar el Ayuntamiento de Oviedo durante los próximos 4 años. Como no podía ser de otra manera, les deseo el mayor éxito en su gestión, la que, a buen seguro, dado el bajo listón que ha dejado el equipo saliente, no tendrán ningún problema en superar. Atrás, y por fortuna, dejamos el lamentable espectáculo que nos ha ofrecido el mandato de un abigarrado, sectario y revanchista tripartito, que conformó, sin duda, el peor gobierno municipal que ha administrado esta noble ciudad desde que, al amparo de la Constitución de 1978, empezaron a rodar los primeros ayuntamientos democráticos derivados de las elecciones municipales celebradas el 3 de abril de 1979. Muchos y variados han sido los desatinos que el desafortunado triunvirato ha protagonizado en los últimos 4 años: fijación enfermiza por hacer desaparecer del concejo cualquier símbolo o manifestación religiosa, con especial inquina en todo lo que tuviera alguna relación con la confesión católica; enfrentamientos con todos los sectores económicos y sociales más representativos de la ciudad; vuelta de tuerca al cambio de nombres de calles y plazas, haciendo una nueva purga a todo lo que tuviera alguna relación con el franquismo, fuera la que fuera, sin plantearse lo mismo con el otro bando, en una torticera interpretación de la ley de Memoria Histórica, ignorando lo que ya había sido aprobado en la comisión creada a este efecto en el año 2008 por la Corporación presidida por Gabino de Lorenzo; frecuentes luchas intestinas, con fuertes desavenencias entre los miembros de ese tripartito "contra naturam", que, en su desvarío, han llegado a poner en cuestión hasta los premios "Princesa de Asturias", poniendo en riesgo el prestigio que la ciudad se había ido ganando a lo largo de muchos años; el affaire de las farolas "gabinianas", donde, por mero capricho, confundiendo churras con merinas, se estuvo a punto de realizar una fuerte e innecesaria inversión en su cambio radical, tirando por la borda recursos municipales muy necesarios en otros campos y que, gracias al clamor popular, fue oportunamente frenada, así hasta un largo repertorio..., desastre tras desastre, provocando confusión y desorden, ha sido el triste balance del Consistorio que nos deja. Lo que tendremos que agradecerles, aunque es probable que se lo hubieran planteado, es el que no hayan eliminado las cruces de los cementerios y que no hubieran cambiado el escudo de la ciudad, o suprimido alguno de los títulos que ostenta y conforman la leyenda de su bordura: "Muy noble - Muy leal - Benemérita - Invicta - Heroica - Buena", precisamente por no corresponder con su ideario. Nada extraño, dado que es bien sabido que el sectarismo, unido a un irrefrenable afán de revancha, no conoce límites.
Consideraciones anteriores aparte, y una vez consumado el desalojo del poder (sic transit gloria mundi), en el pleno de investidura de Canteli como nuevo alcalde, el equipo saliente ha tenido la ocasión de demostrar que, al menos, saben perder, y, con ello, haber dejado un último detalle a su favor, aunque este fuera póstumo y nimio. Desgraciadamente, ni ahí han sabido estar, dejando constancia clara de su escasa categoría humana, una vez que ya habían demostrado su absoluta nulidad como gestores públicos, entre otras cosas... A este respecto, quisiera hacer mención al artículo que publica LA NUEVA ESPAÑA, en su edición del miércoles, 19 de junio, en el apartado "La ciudad y los días", bajo el título "Buen ganar y mal perder", que firma el veterano y excelente periodista Esteban Greciet, en el que, de forma oportuna, comedida y ajustada, con la idiosincrasia propia del autor, hace una acertada crítica de ese acontecimiento, a la que, sin reservas, de principio a fin, me cabe el honor de suscribir.
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