Rasgos populistas
Desde que apareciera Podemos en el panorama político y con más intensidad a partir del extremismo ultraconservador, el término populismo adquiere gran relevancia y notoriedad en el ámbito falsamente científico de la opinología política; aunque, oyéndoles disertar, pareciera la más acreditada de cuantas disciplinas conforman el acervo académico. Lo cierto es que esto de la opinión tiene más de intereses espurios y habilidad discursiva que de tratado teórico pero sirve, entre otras muchas cosas, para estimular las cuentas corrientes de politólogos y opinólogos, al tiempo que llena o rellena espacios interpublicitarios.
Si la consulta a las bases y las coacciones movilizadoras pueden ser interpretadas como rasgos evidentes de populismo político, quien esté libre de pecado tire la primera piedra. Si el exceso de liderazgo puede ser atributo inequívocamente populista, ¿qué adjetivo sería el más adecuado para señalar a quien se jactaba de hacer expurgación fotográfica sin posibilidad de contestación? ¿Y aquel que tenía armas de destrucción masiva escondidas en lo más profundo de su estupidez, qué título le otorgamos? Lo curioso del caso es ver cómo la condición más definitoria de la política bananera, la corrupción, queda fuera del análisis crítico como propia e intrínsecamente populista dentro de las organizaciones con mayor implantación en nuestra joven democracia..
El verdadero peligro populista de izquierdas se esconde tras el romanticismo utópico y el de derechas bajo el objetivismo distópico. Los primeros creen que los recursos son ilimitados y los segundos añoran la claudicación del siervo. No existen fórmulas mágicas que eviten los populismos pero desarrollar métodos democráticos que los hagan intranscendentes, es posible. La lucha contra la corrupción política, una distribución de la riqueza que no produzca desigualdades sociales, un sistema de recaudación justo, políticas laborales más equilibradas, harían innecesario acudir a la radicalidad salvadora. Claro que, para cuadrar este círculo, se hace necesaria una segunda Transición que levante alfombras en todas las instituciones del Estado y, sobre todo, cambiar los liderazgos de las principales organizaciones políticas e instituciones económicas. Con estos personajes podremos seguir capeando el temporal pero sin rumbo firme. El Estado sobrevive varado, a la espera de acuerdos en materia electoral, educativa, judicial, sanitaria y de financiación autonómica. Reformas que ni llegan ni se las espera. Todo se fía a la declaración de buenas intenciones sin más sustento que la volatilidad fraseológica.
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