Peluquería en desgracia
Cayó en la cuenta de que necesitaba un corte de pelo y le pareció que el momento cósmico era el adecuado. La luna llena había ocurrido dos días atrás y estaba comenzando el menguante del mes, lo que favorecía claramente sus pretensiones.
No sabía por qué razón, si por haberlo oído o leído en algún sitio, pero el caso es que estaba en la creencia de que si se hacía cortar el pelo cuando la luna llena empezaba a menguar aquél tardaba más en crecer y lo hacía uniformemente.
Además, razón debía de tener el refrán campesino: "A podar, al menguar".
Lo había podido experimentar porque sus últimas asistencias al peluquero se distanciaron desde haber adoptado esa costumbre.
Encontró a su rapador ensimismado en sus pensamientos, siguiendo el vuelo pertinaz de una mosca solitaria, que se empeñaba en golpear el interior del enorme cristal del escaparate de la fachada, en sus ansias por la búsqueda de la libertad cortada: la ausencia de clientes, desde luego, era evidente.
Sin embargo, rápidamente, obsequioso, el dueño del establecimiento extendió las manos hacia la silla de barbero vacía, contestando con ese gesto a su pregunta de si estaba disponible.
De otras ocasiones ese profesional ya conoce su escasa locuacidad sobre todo tema, más aún si se tratara de toros o de fútbol. Así que el barbero duda sobre la conveniencia de establecer alguna de las acostumbradas pláticas.
Pero como todo el mundo sabe, lo que ocurre en las peluquerías se parece más a un monólogo del que corta rizos y pelea con mechones que a una conversación participada por igual entre peluquero y resignado cliente.
Así, al trabajador, no le resultó difícil hallar tema con el que acompañar el corte a cabellos de cliente tan particular en sus aficiones. Sin éste conocer muy bien la razón, comenzó el otro su faena hablando de su padre.
Se extendió de forma escrupulosa en el relato de una vida de trabajo en una fábrica y en las posteriores ocupaciones de azada en un esmerado huerto familiar, cuando el turno de la industria lo consentía.
El sentado le hizo notar entonces que para referirse a su progenitor siempre hablaba en pasado, y el peluquero, obligado por la interrupción, llevó a cabo un alto en el frenético tijereteo mientras daba cumplimiento a ese por qué:
"Esta finado. Tuvo su RIP hace ya cinco años" -dijo.
Hubo un antes y un después de frase tan lapidaria, un momento cortado por aquel frenesí de tijeras en el aire, un tiempo interrumpido al igual que la narración.
Tras la respuesta del cronista se obró un punto de inflexión que consiguió dar apertura a sus más excelsas capacidades para la indiscreción narrativa.
Y tras las cosas de la fábrica y la huerta la emprendió, en evidente satisfacción morbosa, con los últimos días de la vida de su antecesor. El tema de la muerte, estaba claro, le apasionaba.
Pormenorizadamente refirió aquel pequeño malestar, aquel ligero mareo repentino, el adelgazamiento sin causa aparente, la permanente falta de ánimo, de alegría vital. En fin, todo aciago síntoma que conduciría, tras variados análisis y concienzudas exploraciones, al fatal diagnóstico resultante: un irremediable cáncer de páncreas. Nefasto mal que emplazaba al enfermo para un cercano final, a tres meses como máximo.
Y un nuevo y extraviado trozar de las tijeras en el aire mientras se detallaban las últimas fechas del amado ascendiente: cuidados que hubieron de dispensarse, el sufrimiento de verle degenerar en aquellos postreros días o la tristeza apremiante por lo inmediato y fatal que daría conclusión a esa vida.
Aquel padre, que había esperado con ambición expectante el minuto de su jubilación, el consiguiente final de sus asistencias cotidianas a la esclavizante fábrica, que había ansiado con vehemencia los futuros y plenos momentos por venir con sus éxtasis hortícolas, debía aún de soportar que un mes después de sus 65 le sacudiera la vida con tamaña crueldad.
Otro alto ahora para el rebaje de la patilla izquierda, mientras se otea el reflejo en el espejo, dando así, con la pausa, más gravedad y peso a sus acciones y su parlamento. También una rápida valoración de los efectos que eso produce en el sentado imperturbable.
Y la emprende aún con las exequias, los réquiem, los funerales...
El cliente ya no puedo resistir más tan lúgubre recitación. Todo esto le ha hecho desplomarme en la incontenible tristeza de un insufrible desconsuelo.
Envidia ahora el despreocupado cotorreo con otros clientes, esa plática fácil de asuntos futbolísticos o tauromáquicos.
Por fin se concluye el trabajo. Y también la desolada historia.
El pelado, harto ya, no transige con pasadas de cepillo por los hombros para eliminar pelos porfiados, ni con espejo de cortesía que ostente los resultados en comprobaciones de reflejos traseros. Paga arrebatadamente y se dispara con angustiosa impaciencia hacia la puerta salvadora. Ni un giro de cabeza, ni una mirada atrás. No hace falta comprobar la segura intuición de advertir al peluquero con gesto placentero por el trabajo hecho. Y sobre todo, por la historia bien contada.
Ya afuera camina calle abajo con un reconcomio de congoja y de tormento que no consigue le abandone.
Pero aún mayor que el padecimiento que le abruma es la sospecha que le surge por su futura catalogación como cliente. Hay tauromáquicos, políticos, también futbolísticos.
A partir de hoy él pasará a ser el luctuoso.
El próximo menguante no le tomará el pelo esta peluquería.
Debe rellenar todos los datos obligatorios solicitados en el formulario. Las cartas deberán tener una extensión equivalente a un folio a doble espacio y podrán ser publicadas tanto en la edición impresa como en la digital.
Las cartas a esta sección deberán remitirse mecanografiadas, con una extensión aconsejada de un folio a doble espacio y acompañadas de nombre y apellidos, dirección, fotocopia del DNI y número de teléfono de la persona o personas que la firman a la siguiente dirección:
Calvo Sotelo, 7, 33007 Oviedo

