El hombre y la montaña
Aquí hemos visto cuáles han sido los orígenes del montañismo en el mundo; por ingleses y franceses en los Alpes, y en España por Pidal y “El Cainejo”, en la mítica cumbre asturiana el Picu Urriellu. Pero mucho antes ya otros hombres se vieron atraídos por la agreste y elevada belleza de la montaña y ese deseo de subir a ella. No había en ellos deseos deportivos ni alpinistas, que desconocían, sino tratar de ver, desde su cima, lejanos horizontes y la belleza paisajística que podían ocultar. Y así vemos cómo Filipo de Macedonia, hijo de Argos que, según Herodoto y Tucides, reinó desde el año 588 al 625 (antes de Cristo), ascendió al monte Hemus, en los Balcanes, ascensión fue muy celebrada por sus asombrados súbditos.
Paisajes y horizontes aparte, el cartaginés Aníbal, con su poderoso ejército africano, ascendió y cruzó los Alpes para caer sobre Roma, el año 218 (antes de Cristo). Dos mil años después lo haría Napoleón con el suyo y sus temidos cañones. En el año 923 de nuestra era, Bernardo de Menthon funda su monasterio en los Alpes, y hasta el año 1008 de su fallecimiento realizó allí una gran labor humanitaria de socorro y acogida de cuantos se extraviaban en aquellos parajes helados de frío y nieve. Ejemplar cometido el de aquellos “monjes de la nieve” que, con sus famosos perros, a muchos socorrieron y muchas vidas salvaron.
El Dante Alighieri, en 1290, se fue a la montaña cuando su amada Beatriz le abandonó y se casó con otro. Esta historia de desdeño amoroso se repitió también en Franchesco Petrarca, famoso erudito y poeta italiano, el cual, repudiado por su Laura, a la que dedicara tan bellos sonetos, buscó consuelo y olvido en la montaña. Y a la montaña dio después todo su amor, llevando a cabo diversas ascensiones, entre ellas, la del Mont Ventoux, el 2 de abril de 1336. A Petrarca se le podía conceptuar como el primer alpinista que cambió el amor de una mujer por el de una montaña.
En la Edad Media, el rey Pedro III de Aragón subió a la cima del Canigo, en 1280, según consta documentalmente. El polifacético genio Leonardo da Vinci, “padre” de la Gioconda, en 1511 subió al monte Boso, sin compañía alguna, y seguro que desde aquella altura elucubró la gran aventura de volar. Después de quemar sus naves, Hernán Cortés, el 16 de agosto de 1519, con 400 soldados, 15 caballos y 7 cañones, inicia desde Veracruz la marcha para conquistar Méjico. Un soldado suyo llamado Diego de Ordás, en plenos Andes ya, decide subir solo a la elevada cima del Popacatepetl, de 5.452 metros de altura, proeza y hazaña que califica a este soldado español como el primero en el mundo en ascender y alcanzar esta altitud en una montaña. Ordás repitió su proeza alpina (andina, en este caso) dos años después, con otros soldados, para recoger azufre que él había descubierto en su primera ascensión, para hacer pólvora para los arcabuces y cañones de la tropa de Cortés, que premió a Ordás con un grado militar. Esa zona elevada de los Andes, al parecer, es volcánica y en ella abunda el azufre, que el soldado español tan acertadamente descubrió e identificó en el Popacatepetl.
Nada, que si el inglés Whymper es el primero que dio la vida al alpinismo en el mundo, en los Alpes, el soldado español Diego de Ordás, fue muy anterior a él en ascender a una montaña mucho más elevada (5.452 metros de altitud), sin medio alguno y a mano limpia, en la cordillera de los Andes americanos. Seguro que este jabato de Ordás era de origen asturiano. Lo fuera o no, consideramos obligado recordarlo y tenerlo en cuenta cuando se hable o escriba sobre los orígenes del montañismo en el mundo y de sus iniciadores. Y en España sobre todo, con Pidal y “El Cainejo”.
Sí, el hombre y la montaña. Y en ella, tanto el hombre como la mujer, se elevan y ascienden también espiritualmente, se purifican, se encuentran a sí mismos y se sienten mejores y más limpios. Y encuentran la verdadera paz, esa paz que es parte integrante de todo ese compendio grandioso y bello que es el medio rural, de sus pueblinos y aldeas, de todas sus buenas gentes, que son un ejemplo de la mejor convivencia y solidaridad. Conclusión: que en la montaña, en su profunda soledad, encuentra el ser humano la mejor compañía y liberación de cuanto aquí abajo, ruidosamente, le ata y esclaviza. Y deshumaniza.
Ricardo Luis Arias
Aller
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