No sé tu nombre
Hace tiempo le salvé la vida a un niño. Es una historia preciosa que jamás olvidaré, lo pasé muy mal cuando pasó todo, pero cuando estaba metida en el meollo no me temblaban las manos. Estábamos en una cafetería una amiga y yo tomándonos un café, la cafetería estaba llena de gente y de repente entra una madre con un niño de siete u ocho años, no estoy muy segura de sus años. Noté algo raro, y le pide un vaso de agua al camarero, nerviosa, muy nerviosa; el niño se puso a beber y se le derramó por la cara, cayendo al suelo el agua. La madre empezó a gritar, “por favor, mi hijo se está ahogando con un caramelo”. Se me eriza la piel cuando lo cuento, yo ni lo pensé, tiré el bolso y me levanté corriendo, cogí al niño y lo saqué fuera. Alguien dijo “¡llamen a una ambulancia!”. Fuera, como siempre, la gente hizo un corrillo alrededor nuestro, la madre estaba desesperada, yo cogí al niño por detrás y lo levanté presionando fuerte en el estómago, ¡pero no salía el puñetero caramelo! El niño, un valiente porque resistió como un paisano de pie, pero ya se estaba quedando pálido, esto fueron segundos. ¡Cuántas cosas pasan en segundos, verdad! Le dije al niño, suave y al oído, “te voy a sacar ese puto caramelo de la garganta, me oyes”, y asentó con la cabeza, “sí”, mirándome con los ojos sin perder detalle, esperando instrucciones mías, sin saber que yo nunca había hecho tal cosa en mi vida. Su madre me miraba angustiada, dejando la vida de su hijo en mis manos; volví a coger al niño, mientras me mordía la lengua de miedo y de rabia, lo levanté fuertemente del suelo contra mi pecho y le apreté el estómago muy fuerte hacia arriba, y salió el caramelo a una velocidad que la gente que estaba delante se apartó y fue a chocar contra la pared del bar, hasta ruido hizo, un caramelo gordo y grande, naranja. La gente aplaudió, fue emocionante, la verdad que sí, pero lo más emocionante fue cuando tenía al niño en mis brazos todavía y, mirándome, con la voz rota, me dijo “gracias”, casi no podía ni hablar, y se lo llevó la ambulancia. Mi amiga se quedó con la boca abierta y nos fuimos cada una para su casa, yo iba malísima, me temblaban las piernas, y llego a casa, me siento y digo “madre mía de mi vida, lo que me acaba de pasar”, ¡malísima! Al día siguiente mi amiga me llama por teléfono y me dice “que pases por la cafetería cuando puedas que tienen una cosa”, y fui al momento. La madre del niño dejó en la cafetería una caja de bombones y una nota que decía “Eres el ángel de la guarda de mi hijo”. Precioso, verdad. Pues pasaron los años y un día yo venía cargada de bolsas de la compra y al llegar al portal un adolescente me abrió la puerta y sonreía, yo le miré a los ojos, dije “gracias” y entré. Me quedé un rato extraña y di la vuelta y dije “no me digas que eres el niño del caramelo”, y me dijo “sí”. Le dije “cómo has crecido”, tenía unos ojos preciosos y sonreía, se me olvidó preguntarle el nombre.
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