El color de mi cristal LA FÁBRICA DE RECUERDOS
Todas las personas, en mayor o menor medida, tenemos un almacén en el que vamos depositando, desde niños, las referencias, generalmente familiares, que, de un modo u otro, van conformando nuestra personalidad.
Los muy afortunados tirarán de él de forma continua, y los menos vivirán desprovistos de ese sostén que tanto se necesita.
Desde muy pequeños, la fábrica de recuerdos nos va suministrando ese stock invisible que será determinante en nuestras vidas.
Por este solo motivo es tan importante que los mayores contribuyamos, en la medida de lo posible, a llenar ese espacio vacío con el que nacemos, que va a resultar tan necesario en el desarrollo de nuestro carácter y que nos va a hacer más estables, más seguros y más empáticos. Si carecemos de él iremos dando tumbos por la vida hasta que encontremos nuestro camino, forjando a palos nuestro destino.
La suerte o la desgracia de nacer en una familia o en otra, influye decisivamente en nuestras actitudes y comportamiento, pero no debemos olvidar que hacerse a sí mismo, sin muchas alforjas, también puede imprimir carácter y personalidad, si miramos adelante con decisión y valentía.
No debemos culpar a nadie de nuestras carencias, porque incluso en estos casos, también tenemos la posibilidad, y en cierto modo el deber, de construir una fábrica de recuerdos para que nuestros hijos disfruten de lo que hemos carecido y compensar así el equilibrio en nuestra balanza emocional.
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