La palabra honda del amigo
En un estado de crisis los pensadores pueden ayudar, pero se enfrentan a múltiples desafíos, al menos en este país. En España no es precisamente reflexionar lo que más nos gusta, se lee poco y lo que se lee es principalmente un producto precocinado, libros que recogen datos de otros libros. Es más fresca la prensa en sus secciones de opinión, incluidas las cartas-articulillos de los lectores, es de hoy para mañana, y por eso mismo menos elaborada y adornada; no obstante, ese sentir vivo, ese clamor intelectual del corazón que late ahora mismo es el que puede dar fuerza a una sociedad desorientada y perpleja ante el convulso, divisivo, violento y extraño presente. Sin embargo, no son tantas las plumas templadas, certeras y emocionantes, listas para la acción rápida, probablemente porque tampoco son muchos los corazones que busquen en la prensa algo más allá de los titulares. ¿Es la nuestra una sociedad cansada de las palabras? Huyamos si podemos de quien nos decepciona, pero no reaccionemos contra los que intentan avivar nuestra conciencia social, o los entresijos del alma misma, aunque sea con más sentimiento que literatura. Al contrario, apreciemos su valor, leámosles con el corazón, o escuchémosles en la radio, en la oficina, en la escuela, en el bar, en la peluquería o en la puerta de nuestra casa, como se lee o como se escucha a un amigo. Nos hace falta, mucha falta.
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