El Museo de Grandas de Salime y su creador
Tengo especial cariño a Grandas de Salime y, por supuesto, también al Salime enterrado ahora bajo las aguas, ya que allí nació y se crio mi padre. Muy de vez en cuando y muchas menos veces de las que deseo me acerco por aquellos lares. Al llegar a Santa María comienzan a fluir en mi mente historias de aquellas gentes, contadas por mi predecesor. Hace años, por motivos de trabajo que ahora no tengo, subía asiduamente a Grandas. Allí me ponían al día de los recuerdos aquellos que habían conocido a mi padre: Benigno el Ferreiro (padre de Pepe el Ferreiro), Cachafeiro (el alcalde), Luisín (el de la ferretería), Gratulino... De los paisanos de mi padre hoy solo me queda Daría de Salime, excelente conversadora con la que tengo el gusto de departir en su restaurante familiar, A Arraigada, cada vez que subo allí.
Bien es verdad que cada subida que hago a la Villa regreso cargado con un saco de alegrías, pero la última vez que lo hice el volumen del saco lo ocupaba una tristeza. Sí, una tristeza de esas injustas que la vida siembra demasiado a menudo y que la gente "normal" nunca acepta ni olvida por ser miserable a todas luces. Esa tristeza empezó a engendrarse con la injusta expulsión de Pepe el Ferreiro del Museo. Tenemos la costumbre los españoles -los demás de otros países no lo sé, pues nunca viví en otro lugar que no fuese aquí, en el occidente de Asturias- de juzgar y condenar a los vivos y alabar a los muertos para que los suban a los cielos cuando, muchas veces, ya es demasiado tarde y nada se arregla. Saliéndome por unos instantes de este folio, me acuerdo cuando se fue de este mundo don Severo Ochoa. Decidieron traer su cuerpo a su querida villa natal, su alma ya estaba en Luarca hacía un tiempo. En su último viaje aquí yo vi el féretro descansar en un coche fúnebre que llegó con la sola compañía de dos empleados de la funeraria. Su uniforme así lo hacía saber. Venían solos con el científico y se pararon a comer en el parador de Castañedo. Los vi cuando yo aquel día salía de allí, también de yantar, con rumbo a Salas. Mientras comían, el cuerpo del señor Ochoa se quedó allí solito en la carroza, encerrado en su caja, sin guardia ni vigilancia alguna. Pasó el tiempo y cada vez se le recuerda y homenajea más. Sin duda, todo se lo merece el científico español, nacionalizado estadounidense, que tanto hizo por la humanidad. Pero lo que está claro es que la ofensa de dejarlo allí solo, en el aparcamiento del parador, no la merecía en manera alguna.
Vuelvo a donde me salí para decirte, amigo lector, que llegué el otro día a Grandas con la intención de visitar a mi amigo Pepe el Ferreiro. No me hizo falta ir a su casa, pues me lo encontré tomándose un refrigerio sentado en una silla, al lado de un barril, a la puerta del bar Jaime. Allí estaba el bueno de Pepe con una tranquilidad pasmosa que denotaba, a todas luces un sosiego en su conciencia. Ya lo sabía de siempre, pero recordé a José Naveiras Escanlar como un trabajador redomado, enjuto y elegante, siempre con pucha y pañuelo al cuello, amigo de sus amigos, que sabe estar. El que tuvo retuvo. Fiel servidor público, no en vano se pasó años recorriendo caleyas y corradas, rompiéndose el alma, pidiendo a vecinos y no vecinos que cediesen sus viejos utensilios para exponer en el Museo Etnográfico creado por él a golpe de galocha y zapatilla. Eso sí, por nada a cambio, solo robando el tiempo a su familia para disfrute de todos.
Reparar las malas actuaciones es de hombres justos y valientes, por eso pido a los que algo tuvieron que ver con su cese y que aún están entre nosotros, y también a los que se fueron, si pueden hacerlo desde donde estén, honren en vida a Pepe el Ferreiro, homenajeándolo como se merece ahora y no después, para que sea recordado como lo que es: el creador y precursor del Museo Etnográfico de Grandas de Salime. O dicho de otra forma: sin él no existiría el Museo. No le hagan fiestas cuando ya no esté, que no le van a colar. No esperen a que la conciencia llame a su puerta, rectifiquen a tiempo y reconozcan de una vez que Museo y Pepe el Ferreiro y Pepe el Ferreiro y Museo van unidos de la mano y siempre serán lo mismo, mal que les pese.
Con tu permiso, amigo Pepe, al tiempo que te envío un fuerte abrazo, me quedo con la esperanza de que en un futuro cercano pueda vaciar la tristeza que ocupa mi saco con la ayuda, eso sí, de los que tienen en su mano el poder hacerlo. Ahora, con tu permiso, plasmo aquí tu frase preferida: "Axa salú".
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