El orgullo de Arrimadas
Desde aquella celebrada protesta del 2 de mayo en la que Madrid marcó el camino a seguir contra el invasor gabacho no se había producido en la Villa y Corte otro episodio más bullanguero que el protagonizado por la señora Arrimadas en la pasada fiesta del Orgullo. En esta ocasión no hubo ruido de fusiles ni lamento de caídos, pero la onda expansiva mediática llegó hasta la Costa Oeste en los dominios presidenciales de Donald Trump. La celebración de este año ya será recordada para siempre como la del Orgullo de Arrimadas. Esperemos que el suceso no haga fortuna y en futuras reivindicaciones la zafiedad política deje de incordiar para dar paso a la voluntad festiva de sus verdaderos protagonistas.
Nadie aterrizó en Madrid, después de "Los Beatles", provocando mayor expectación que el azote del soberanismo catalán. Viene de la dura y caradura brega nacionalista y va atropellada hacia la agotadora discrepancia nacional. Si alguien no pone freno a tanta energía cinética, la jerezana corre el riesgo de estrellarse contra las puertas del Congreso. Que alguien le recuerde que el Parlamento está de holganza. Tiempo tendrá de airear el catálogo de mantras que halló Rivera en su bolsillo liberal derecho. El izquierdo ha de esperar a que le zurzan el roto interior originado por un ataque de celos. De momento, hemos aprendido que sanchismo es sinónimo de perversión. Protervia de la que hemos de huir más de prisa de lo que hizo Albert con su autoproclamada jefatura de oposición.
En Rivera no podemos buscar un estratega de Estado, es hombre absolutista, de calentones y fobias eternas. A costa de disgregar el partido en corrientes discrepantes, incluso antagónicas, consiguió arrastrar tras de sí a un grupo de incondicionales partícipes de los mismos excesos fóbicos. Ciudadanos pide a gritos un relevo en la dirección, y no solo porque las encuestas les sean adversas cara a otra nueva jornada consultiva, también por la falta de originalidad en la argumentación pública. Albert Rivera está condicionado por su carencia de adaptación a las cambiantes situaciones políticas. No tiene más registro oficial que el procedente del terreno antinacionalista y su aversión a Sánchez por haber elegido a Podemos, organización comprensiva con los postulados consultivos del procesismo catalán, como socio preferente. Las manifestaciones poco elaboradas de Rivera y Arrimadas, por intentar pescar en todos los caladeros y limpiar la imagen carca que les persigue, no les dieron el resultado electoral apetecido; es más, en no pocas ocasiones dejaron al descubierto las carencias culturales de ambos. Me temo que si Inés Arrimadas ostenta el cargo de vocera ciudadana en la Cámara baja de las Cortes Generales, tendremos ocasión de descubrir por qué, habiendo obtenido una mayoría minoritaria de treinta y seis escaños en el Parlament de Catalunya, no se dignó a presentar sus credenciales políticas para ocupar el sillón presidencial de la Generalitat.
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