Quijotismo

10 de Julio del 2019 - José Luis López Tamargo (Oviedo)

Hay en el romanticismo un afán prometeico y de eterna insatisfacción. Una fuga heroica de la realidad para perseguir sueños, quimeras y realizaciones del ideal al que aspiramos. La época actual es profundamente romántica: se da un romanticismo de la expansión tecnológica, del que se esperan todas las mejoras y transformaciones para la humanidad –Frankenstein fue pura creación romántica una noche de tormenta–. El sistema, en quiebra ecológica, sigue creyendo en el mito del progreso indefinido y lineal. En ilusiones a escala masiva, materia y señuelos oníricos.

La gente es muy sentimental y de programa televisivo de citas pero es creciente la desvinculación moral, la total desconexión entre la conducta y los sentimientos morales, a resultas de una gélida racionalidad. Se practica el “buenismo” de diseño por razones de imagen ilustrada y dialogante, pero se cede ante cavernícolas verdaderamente intolerantes, jaurías y fanatismos, haciéndolos más fuertes. En un mundo fragmentado y virtual, de diversos roles sociales mutantes, todo es audiencia, cuestión de clics y emoticonos. Cada vez hay menos romanticismos que defiendan causas justas, sin grandes alharacas de rentables campañas y focos detrás. Nos hemos vuelto comodones y rehenes de “likes”, de proyectar una imagen calculadísima de tipo empresarial. Vender es la actitud.

Nos creemos románticos porque queremos ser vistos como buenos y darnos un aire interesante.

Vemos lo que queremos ver en función de nuestros intereses, en una sociedad de democracia televisiva y televisada, bajo nuevas formas de control y miedos inoculados. Lo que se ha ganado en rutilante eficiencia profesional se pierde, a veces, en humanidad, naturalidad y autenticidad. En defensa de la vida no burocratizada ni descartada, desprovista de tanto maquillaje y relumbrón.

Es moral que no se acepte el sufrimiento por el sufrimiento como expiación de unas supuestas culpas pero la obsesión por la calidad de vida lleva a querer deshacerse de enfermos, viejos y débiles. La “Happycracia” es genial y estupenda, si no conllevara hipocondría y obligada farsa.

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