Gravísimo error de la Universidad de Oviedo
El Consejo de Gobierno de la Universidad de Oviedo aprobó el pasado 14 de junio los parámetros de ponderación de las diferentes asignaturas para el acceso a los estudios de grado. La nueva norma supone la modificación de los criterios hasta ahora vigentes e introduce una novedad reseñable: las lenguas clásicas, columna vertebral del Bachillerato de Humanidades, dejan de tener asignado un valor en la calificación de la EBAU para la inmensa mayoría de los planes de estudios de la rama de Ciencias Sociales y Jurídicas. Grosso modo, esto supone que los exámenes de Latín II y Griego II en la selectividad sean irrelevantes para lograr una plaza en prácticamente cualquier plan de estudios que no sea estrictamente humanístico.
El único pronunciamiento oficial acerca de esta cuestión es una carta remitida por la vicerrectora de Estudiantes a la presidenta de la asociación Céfiro, conformada por profesores de dichas materias. En ella asegura que las ponderaciones han sido "ampliamente debatidas y consensuadas con los equipos directivos de todos los centros de la Universidad de Oviedo". Aunque desde el punto de vista retórico comprendo la respuesta de la responsable académica, creo necesario que la máxima institución educativa de Asturias reconsidere esta lesiva decisión e inicie una reflexión serena sobre el modelo de Universidad que con ella asume (y aquel de sociedad que, consecuentemente, promueve).
Los estudios clásicos llevan lustros sufriendo una progresiva marginación en el ámbito de las enseñanzas medias que opera a distintas escalas. Por un lado, mientras las leyes educativas (nacionales) reducían su presencia y las especialidades a ellos anudadas (autonómicas) iban desapareciendo, sus docentes se veían relegados a la interinidad y la precariedad. Por otro, gran parte de la comunidad educativa (institutos y familias) parece no comprender el valor formativo de estas disciplinas y se empeña en persuadir a los estudiantes para que no opten por ellas.
En este contexto me niego a resignarme a que la Universidad de Oviedo se adhiera a esta cacería intelectual y mucho menos a que lo haga a través de decisiones de política académica aparentemente intrascendentes y administrativamente rutinarias. La institución depositaria de la mayor parte del legado investigador de nuestra tierra no puede quedar reducida a una expendeduría de títulos, ignorando el papel que le corresponde como principal agente colectivo de transferencia de conocimiento. Con la aprobación de estos nuevos parámetros de ponderación no sólo se desoye a otros actores fundamentales del proceso educativo, sino que se emprende una travesía a contracorriente con respecto al resto de universidades españolas.
Un órgano gestor y representativo de máximo nivel como el Consejo de Gobierno no puede ignorar la infinita complejidad de los saberes que son objeto de estudio en la Universidad de Oviedo. Estos, lejos de ser estancos, se interrelacionan y dan sentido unos a otros. Es por ello que este intento de asir administrativamente lo oceánico, cuando menos, ruboriza. Quienes enarbolan la bandera de la excelencia universitaria pero obstaculizan el acceso de los estudiantes de Humanidades parecen querer llevarnos a Ítaca sin enfrentar la odisea. Les invito a que tengan la valentía de salir de los muros de la Academia y escuchen a los profesores de enseñanzas medias.
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