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Encantamiento/desencanto... desbandada

20 de Julio del 2019 - Marcelo Noboa Fiallo (Gijón)

No sé si finalmente habrá Gobierno o tendremos que ir a nuevas elecciones generales. Sí sé que el personal está que “echa humo” en las calles, en los bares, en el autobús. En cinco años hemos sido convocados a las urnas cinco veces, por la incapacidad de los partidos políticos de moverse con estándares europeos. Mientras en el resto de Europa lo normal es llegar acuerdos para formar gobiernos, en España prima el castizo: “Al enemigo ni agua, y si tiene sed, polvorones”.

Desde que recuperamos la democracia, nos hemos movido bajo el paraguas del bipartidismo. La ley Electoral lo facilitaba y ello condujo a una cierta perversión de la democracia que terminaba por “consolidar” la alternancia en el poder entre PP y PSOE. Una de las derivadas perniciosas del modelo fue la casi desaparición de políticas diferenciadas entre conservadores y socialistas (especialmente en lo económico), cuyo cénit se alcanzó en aquel aciago mes de mayo de 2010 con José Luis Rodríguez Zapatero.

Nada podía extrañar, por tanto, que el grito de “No nos representan” se constituyera en la bandera de la protesta, del hartazgo, del “hasta aquí hemos llegado” ante tanta corrupción, tanta impunidad, “no hay pan para tanto chorizo”.

El 15-M (guardando las respectivas distancias) vino a ser nuestro particular Mayo del 68. Los que participamos activamente en sus asambleas en las calles y plazas de los pueblos y ciudades de España no sabíamos exactamente lo que queríamos entre otras cosas porque venimos de otras experiencias, de otros compromisos, de otras militancias, pero sí sabíamos lo que no queríamos: no queríamos a esa clase política alejada de la ciudadanía. No queríamos corruptos manejando el dinero de los contribuyentes. No queríamos el deterioro de los servicios públicos.

No conozco si alguien ha tenido la acertada idea de archivar y publicar aquellos debates. Tendríamos “la fotografía” del estado anímico, de la ilusión y del “encantamiento” que aquel movimiento supuso para la sociedad española. Algunos políticos, ante la dimensión del movimiento, dijeron “tomamos nota”.

El periodista Jordi Évole tuvo el acierto de juntar en la mesa de un bar a dos políticos emergentes en octubre de 2015: Pablo Iglesias y Albert Rivera. Los dos coincidían en que había que regenerar la política, acabar con la corrupción y dar respuesta a las demandas sociales. El primero decía que ello había que hacerlo “asaltando los cielos” y el otro desde la “centralidad”. Los dos pretendían hacerse con el botín dando el “sorpasso” a los partidos políticos que habían dominado la escena política desde la transición: PP y PSOE.

Desde aquella famosa entrevista no han pasado muchos años, pero ha llovido mucho. Albert Rivera pronto se olvidó de su espíritu “liberal/socialdemócrata” y en su afán de “sorpassar” al PP se ha pasado de frenada y busca desesperadamente el apoyo de la extrema derecha (aunque Macron y los centristas europeos le manden al “rincón de pensar”) para formar gobiernos autonómicos con el PP.

Pablo Iglesias, por su parte, después de cosechar unas expectativas históricas (las encuestas de febrero de 2015 le daban un 27,2%) no supo digerir lo que los ciudadanos herederos del 15-M habían depositado en Podemos. Emborrachado de éxito, su narcisismo, egolatría y fanfarronería creció como las encuestas de entonces, “yo soy el Jeremy Corbyn español”. Confundió, como un adolescente maleducado, los deseos con la realidad. El “sorpasso” no se produjo y la caída en picado en encuestas y elecciones no ha dejado de parar.

La desbandada en ambas formaciones de compañeros fundadores de sus partidos no cesa ni se vislumbra su final. Ambos se atrincheran detrás de sus guardias pretorianas, esperando que escampe. Pero no escampa ni escampará. Los dos están, prematuramente, amortizados, pero lo malo no es lo que les pase a estos dos “aprendices de brujo”, lo malo será la debandada del electorado... la desafección por la democracia.

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