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Ninguna ley puede vestir a un santo para desvestir a otro

24 de Julio del 2019 - José Viñas García (Oviedo)

Demasiados casos de manadas, demasiados casos de violencia machista, demasiadas peleas de todo tipo, demasiada violencia generada seguramente por ese paternalismo generalizado donde la protección supera el principio de autoridad y donde el consentimiento supera a la disciplina. Lo peor, el ver a nuestros políticos apáticos ante tan tremendo problema para la seguridad ciudadana.

Ya ven, ustedes sacando derechos y leyes protectoras contra todo, pero ese todo, en vez de disminuir en tamaño y ocasión, aumentan todos los casos que ustedes se pensaban solucionar de un plumazo con leyes a la carta. ¿Dónde dejan los deberes y obligaciones?, las suyas y las de los menores. Ninguna ley puede vestir a un santo para desvestir a otro, estaremos cometiendo una discriminación desde la misma justicia, algo que no puede ocurrir jamás.

Las leyes jamás impiden los delitos, deben existir nuestros códigos penales y civiles para dar el castigo adecuado a quienes los cometen. Qué les sugiere este artículo del Código Civil: "Artículo 155: Los hijos deben 1.º Obedecer a sus padres mientras permanezcan bajo su potestad, y respetarles siempre. 2.º Contribuir equitativamente, según sus posibilidades, al levantamiento de las cargas de la familia mientras convivan con ella".

Por mucho que se endurezcan las penas, por mucho que apliquemos la cadena perpetua revisable, por mucho que apliquemos la pena de muerte para todos los casos por menores que estos sean, siempre existirán. Lo vemos en los países o estados donde tienen en vigor la pena de muerte, allí es donde se cometen las mayores barbaridades. ¡Cuidado!, quien comete luego esas barbaridades, no vengamos luego a decir lo de siempre, eran buenos hijos, buenos niños, ¡no señor!, eran unos consentidos y malcriados. Sin dolernos la mano, debemos aplicarles la ley con toda dureza, el violento o violador no debe campar a sus anchas. Ya nos ganaron la partida con tanta ley protectora de menores, ahora si ven que nos tiembla la mano a la hora de aplicar el castigo cuando ya son mayorcitos y debieran saber que son responsables de todos sus actos, la hemos liado. Nada de recurrir al mantra de sentencias ejemplarizantes, son sentencias judiciales.

Todos recurrimos a la educación, en efecto, todos sabemos que es clave para sacar cosechas de retoños parecidos a lo que tenemos en mente: pacíficos, desprendidos, preparados, solidarios, educados, respetuosos... en una palabra, lo que todos entendemos por buenas personas. Porque no nos ponemos de una vez a consensuar un sistema donde además de instruirlos para sus materias universitarias, tengamos alguna que otra asignatura fuerte que les sirva para proyectarlos a ser hombres con personalidad y no mindangas, energúmenos con titulación o sin ella.

Para ello deben ser implacables con los consentimientos, la indisciplina, la falta de respeto, la pereza, la desgana, el capricho... debe quedar claro desde la más tierna edad que quien tiene la autoridad son los padres y profesores. Restar autoridad a una madre, un abuelo, al profesor es sustentar la educación de esos niños en el capricho y en "hago lo que me da la gana". Cuando mayorcitos no podrán hacer lo que les dé la gana, pero, como están educados así, supondrá un duro golpe a su mente cargada de antojos que se les hará imposible asimilar la responsabilidad y el compromiso con los demás fuera de que su mamá le haga todo y más, que sus referentes y educadores, los profesores, por temor a esas leyes proteccionistas del menor, poco menos fueran comparsas de una farsa que ahora pagaremos todos. Al estar malcriados y consentidos, cometerán actos que les llevarán a la cárcel con toda seguridad. No respetarán a su pareja, tampoco a los mayores y ancianos, menos a sus jefes (no saben obedecer, les falta disciplina), tampoco aceptarán un no por respuesta, actuarán en manadas porque educados así salen cobardes, se pelearán entre ellos y con los demás.

Ya opinamos muchas veces sobre este tema, es poco, todos los días nos levantamos con alguna manada que saborea su ridícula existencia. Todos los días aumentan los delitos de todo tipo: peleas en fiestas, en la playa, en la estación, en los aviones, entre vecinos, entre extraños, con mayores y con menores. Y el dato más preocupante, aumentan esas manadas violentas que no respetan nada entre menores de edad, tanto en la parte de la víctima como de los agresores. ¿Qué país hemos conseguido por hacer caso a colectivos que solo saben tocar cornetas por la calle a sabiendas de que estos inoperantes políticos les harán un traje a medida de sus peticiones si arman mucho ruido callejero? Lo vemos con esas leyes que se sacaron a tropel y en caliente, ley del menor y de violencia de género, que en vez de solucionar el problema lo aumentaron. La ley no puede vestir a un santo para desvestir a otro.

Dejemos de tantas leyes protectoras y demos autoridad a los profesores, padres y a la sociedad en general ante los imberbes que se crecen y retuercen al vernos tan complacientes con sus caprichos. Un cachete a tiempo no es violencia jamás, más bien es el preludio de una persona hecha y derecha.

No hay peor educación para un hijo, para un alumno, que la dejadez en autoridad y disciplina. Si además todo esto sabe el niñato que está protegido por unos derechos sin obligaciones añadidas, la hemos liado como vemos: tenemos lo que merecemos.

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