Ductilidad política
Cuando un político de elevada cualificación académica y de raza, en el supuesto de que Pablo Iglesias se ajuste a tal condición natural, está dispuesto a otorgar cualquier concesión preceptiva con grave quebranto para la propia dignidad ideológica, incluso alterar sus principios a cambio de otros adulterados por el filtro revisionista, y obstinado en sobrevivir políticamente al temporal intramuros, además de contradecir su estructura ideológica marxista, supone un alto grado de servidumbre a la notoriedad, o espera mitigar al amparo ejecutivo las sacudidas de sus adversarios y sin embargo camaradas, o bien piensa ceder hasta conseguir y una vez conseguido recuperar lo cedido. En cualquier caso, un personaje de catadura tan dúctil no parece recomendable como compañero de cama en el Consejo de Ministros.
Tampoco ofrece demasiado entusiasmo la práctica asamblearia seguida por su organización. Una cosa es someter al dictado de las bases la representación institucional del partido con planteamiento de propuestas, y otra, llegar al extremo de delegar y diluir la responsabilidad al primer interrogante que suscite la acción política. Ese juego falaz, desde el punto de vista democrático, en el que un equipo dirigente, influenciado por el líder, somete a consulta de los inscritos aquellas decisiones que puedan provocar controversia, lejos de promover la participación reflexiva, pretende la tutela efectiva del colectivo bajo la argucia semántica del texto tendencioso.
Además, ese carácter protagonista de Pablo, tan dado a la declaración dogmática del fait accompli, plantea la incertidumbre de hasta qué punto su presencia como socio pueda patrimonializar los éxitos ejecutivos o escabullirse inclemente de los fracasos. No es de extrañar, pues, las reticencias a la hora de incorporar al personaje como coautor político de un proyecto socialista. Ejemplos como la llamada popular a rodear el Congreso en la investidura de Rajoy o aquel triste espectáculo de frases pomposas divulgadas por la resonancia mediática más allá de nuestras fronteras, con motivo de su vuelta a la vida pública después de haber disfrutado el permiso de paternidad, no ofrecen ninguna garantía para la salud institucional de un Gobierno al que sus más acérrimos detractores van a intentar desgastar con cualquier tipo de estrategia, incluso echando mano de la narrativa imaginaria.
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