¿Un mundo feliz?
Puede que tenga un punto de egoísmo en mi deseo de que todo el mundo sea feliz, y hasta me tapo los ojos para no ver que eso es un imposible, primero porque por ley natural siega lo que se siembra, y muchas veces sembramos lo que no debemos, donde no debemos y fuera de temporada, algunas veces sin darnos cuenta y otras llevados de un mal momento. Aun así, con nuestros errores humanos, cabe un resultado, un porcentaje razonable en las posibilidades de disfrutar la vida si reconocemos que se aprende del error y... rectificamos. Reconocer es el principio que gobierna la humildad, y la humildad podría rescatarnos del terrible futuro que hemos estado sembrando. En la medida en que la conciencia nos rectifica, también nos hace más sabios y valiosos para el disfrute de un grado de felicidad propia, próxima y ajena, pero... en segundo lugar -y ese es el más triste-, en nuestra actualidad hay ya demasiada gente que solo es feliz jorobando la convivencia, o incluso atacándola. Alguna de esta gente parece haber nacido solo para sembrar el mal, el mal que otros tendrán que segar sin haberlo plantado.
¿A qué os suenan estos atributos del buen sembrador: bondad, compasión, hospitalidad, cortesía, educación, virtud, decoro, honra, honor, simpatía, gallardía, gentileza, elegancia...? Os suenan antiguos, ¿verdad?; sin embargo, no son antiguos, son inherentes al ser hecho a la imagen de Dios (Génesis 1:27). Pero, claro, el ser humano también es tierra, y la tierra se trabaja para su cultivo o se abandona a los elementos y la contaminación; si no se acondiciona, se oxigena y se siembra en condiciones, no hay cosecha. Os dejo este retazo de la romanza del sembrador en la zarzuela “La rosa del azafrán”: “Cuando siembro voy cantando, / porque pienso que al cantar /con el trigo voy sembrando / mis amores al azar”. Esta canción... me trae recuerdos felices, recuerdos de otro mundo.
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