El relato y la opinión tienen que ser ponderados
Uno tiene la impresión y es consciente de que cuando cada día tienes algo que decir, argumentar y mucho donde discrepar, estás siguiendo un patrón propio, muy personal y que no a todos les tiene por qué agradar. Llegará a interpretarse por algunos como un intento de estar dando lecciones éticas, morales o de democracia; sostenido a veces por una atrevida ignorancia (como es mi caso) cuando escuetamente es simple opinión. Si además de osado eres inculto, te desnudas ante los demás, te expones a dejar al descubierto toda tu incultura. Atreverse a opinar en público no es tan fácil como muchos se creen, es más sencillo no meterse en problemas, así nadie te podrá criticar por nada, aunque será como pasar por el mundo a remolque y aceptando todas las reglas que los demás te obliguen. Creo que todos podemos de alguna manera dejar nuestro granito de arena y por supuesto no sin exponerse a críticas, si así lo merecen.
Toda opinión es muy personal, no debemos tragarnos las opiniones de un sorbo, hay que saber digerirlas a cuentagotas para luego, con nuestra capacidad de discernir, no dejarnos convencer por palabrerías sin más. Siempre hay otra parte, siempre hay otra historia, siempre hay otro punto de vista, siempre tiene que haber un argumento para entresacar y hacernos preguntas y respuestas a nosotros mismos y a los demás.
Los columnistas de a diario suelen caer en ese error de repetirse (hablo de los profesionales en este caso, no de sus malos imitadores), ser cansinos y trasladar sus obsesiones y prejuicios a los que le leen. Muy diferente es cuando el columnista se hace eco de la información, cuando bajo su punto de vista analiza la situación y pone de su parte una opinión diferente. No se puede cansar al lector a diario basándose en preocupaciones personales, basándose en sus inclinaciones, en su manera de ser, en sí mismo. El relato siempre tiene matices. Siempre sucede algún acontecimiento resaltable, resumirlo está solo al alcance de los buenos profesionales, ya que podemos recortar demasiado la foto real, dejando todo en relato o puro rollo sin más; donde obviemos o manipulemos la realidad por nuestra fragilidad mental cargada de ideología fina, con matices fanáticos, ofuscados por nuestras monomanías y prejuicios.
Les ocurre a los curas con suma facilidad (los de galones y los sin ellos) cuando escriben por los medios y cuando dan esos sermones dormilones. De pequeños cuando acudíamos a misa, obligados por los maestros, los niños odiábamos ese momento en el que el cura de turno dejaba el altar para elevarse por encima de todos nosotros, ver quién estaba atento y quién no, a un púlpito donde soltaba siempre las mismas monsergas. Cuando variaba ese momento y se hacía un poco más llevadero era en las fiestas de renombre, a las que venían misioneros y oradores con más empaque que hacían más amena aquella insufrible predicada.
Les ocurre a los políticos, son tan simplones que, aún teniendo mucho que decir, es insufrible cada vez que se suben al estrado, más preocupados en sus peleas y caprichos que en lo que representan; es igual, se repiten hasta la saciedad. No solo es necesario ser de fácil palabra, buen orador y contador de historias, también se necesita creer en lo que estás diciendo. Si el mismo que suelta la arenga no cree en ella, estará proyectándose a los que les escuchan o leen. Los curas se empeñaron siempre en hacer huir a los feligreses de sus sermones cansinos y monótonos. Los ves, no creen en lo que proyectan, solo están para pasar el trámite. Lo de los políticos es peor, son nuestros representantes y solo se representan a sí mismos.
Tiene que haber otra forma de interpretar la religión, de explicarla y de hacerla más agradable a la mente, a los oídos y a la vista. Tiene que haber otra forma de poder echar a los políticos mediocres. A los periodistas son sus lectores los que dejan o no de leerlos.
Por todo ello, siempre he admirado a los columnistas de los medios, resumir en pocas frases lo que se desea expresar no es fácil. Aunque algunos se van pareciendo a los curas, sin misales y sin evangelios, siendo ellos autores de sus propios versículos, donde pueden llegar a cansar al lector.
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