El asalto del cielo puede esperar, la pobreza y la precariedad no
Todos aquellos personajes y colectivos revolucionarios, unos mitológicos y otros históricos, que intentaron asaltar el cielo terminaron siendo consumidos por su propia fantasía. Cualquier impulso desesperado por asaltar el cielo desde la temeridad supone teñir la aventura de sangre y fracaso. Y aún en el supuesto utópico o ideal del logro, nada de lo conseguido es perdurable, así lo atestiguan las revoluciones de todo signo y la gestión democrática de la crisis financiera. Las sociedades avanzan en derechos y bienestar social hasta donde el poder económico resuelve sin poner en riesgo su estatus. La facundia ilustrada solo sirve para el baile de máscaras en ese mundo carnavalesco que encarna la política de portadas y titulares. El verdadero asalto del cielo se hace desde los despachos públicos a partir de la brega sin precipitación, con careta de Pinocho, traje y corbata, es decir, con la misma conducta y atuendo de esos a quienes intentas despojar de sus privilegios abusivos y, por tanto, opresores.
Es el exceso de estrategia por la hegemonía partidista del voto diseñada a partir del discurso embaucador, desvaído por la ambigüedad desembarazada de toda ética política, y la desconfianza, con la ayuda inestimable de ciertos fervores sórdidos, lo que está corroyendo a la izquierda. Si a esto sumamos egos, intereses personales y maniobras orquestadas por aprendices de brujo, el resultado póstumo culmina, como así ha sido, con el inhumo del posibilismo y la victoria del extremismo. Cinco ministerios y una vicepresidencia parece un precio excesivo a pagar por el apoyo político de una formación que perdió la mitad de diputados, quedó en cuarto lugar por la carrera de las generales, tiene graves problemas internos, está organizada en una suerte de taifas territoriales, su identidad discursiva es el abuso verbal, su equipo directivo es novel y poco fiable dentro de un órgano colegiado y, además, su fuerza política es insuficiente desde el punto de vista de la aritmética parlamentaria. O Podemos rebaja las expectativas y reconoce que no cuenta con efectivos suficientes para el asalto del cielo o estamos condenados a la incertidumbre de nuevas elecciones. O el PSOE abandona esa actitud prepotente y deja de jugar a la ruleta rusa y al Monopoly tramposo o puede ser que la broma traiga consigo vientos huracanados de radicalidad.
Bien avanzado el primer cuarto de siglo, aún sigue habiendo en España personas que pasan hambre, que rebuscan alimento en la basura como hace cualquier animal hostigado por el medio adverso. Un millón de familias sin ningún tipo de ingreso registrado, más de tres millones de parados, precariedad laboral, pobreza infantil y todo lo que cuelga inerte en la agenda social y laboral del Gobierno en funciones son luces de alarma suficientemente potentes como para no seguir manteniendo pasatiempos de poder ni estrategias de tablero en el juego político.
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