Volver

1 de Agosto del 2019 - Sergio Rodríguez García (Madrid)

Soy un chico joven, aún no he cumplido los 35; nací en Castrillón, pero llevo, aproximadamente, seis años viviendo en Madrid. ¿Por qué? Por la pasta y por todas las posibilidades mucho mayores de progresar en mi trabajo.

Cuando rondaba los 10 o 12 años paseaba con la bicicleta y con mi grupo pequeño de amigos de Las Chavolas (aunque ahora lo pongan con b) todas y cada una de las lindes de la zona, desde Piedras Blancas hasta Santiago del Monte o Bayas; fueron tiempos muy muy felices. Un verano de esa época hicimos un nuevo amigo; este estaba de vacaciones, pero era de Madrid. Un día caluroso salimos y nos adentramos en algún lugar perdido por aquellos montes, no estoy seguro de en qué punto nos acercamos a una casa a pedir unos vasinos de agua para calmar el calor, una señora muy amable nos los ofreció y, dándonos un poco de conversación, nos preguntó de dónde éramos, a lo que cada uno contestó concretamente, y a lo que el chico madrileño contestó que él también era de Asturias. Sorprendido yo al ver que renunciaba a sus raíces, le pregunté el porqué de aquello, a lo que me respondió: “En cada sitio me tratan mejor si digo que soy de Asturias y no de Madrid”. Anécdota de críos que se me quedó grabada no sé por qué razón.

Caprichoso es el destino, nunca llegué a comprender muy bien aquello hasta hace unos meses, cuando tuve que desplazarme con mi empresa y mis compañeros de trabajo a otra localidad diferente de Madrid, bañada por el mar Mediterráneo. Allí pude comprobar de primera mano que la mayoría de la gente autóctona (sabían que veníamos de la gran ciudad) nos trataba con algo de recelo, nos olían creernos superiores, y su mirada era lasciva, inquieta y de ceño más fruncido que abierto; he aquí que me di cuenta de la razón que tenía aquel niño, y no me cupo la menor duda de que si en algún momento hubiera desvelado mi origen asturiano ese ceño fruncido, esa lascivia y ese recelo se hubieran disipado en un instante.

Toda esta historia escrita en mi retina y descifrada años más tarde gracias a no sé sabe qué me estimula ahora en mis vacaciones en la tierrina, y al ver lo que veo aquí, a lanzar un mensaje de esperanza, ya con las minas cerradas hace mucho, la industria debilitándose a pasos agigantados y el desempleo como el pan de cada día; igualmente, la sociedad cada vez más envejecida y las posibilidades y oportunidades para los más jóvenes desvaneciéndose, toca reinventarse. Ya sea en nuevas tecnologías, en turismo o en lo que sea, vendrá de manos de la sociedad, y la nuestra sigue siendo la misma de la que aquel niño quería formar parte sin serlo; es esa diferente y especial por la que, allí donde vamos, nos esbozan una sonrisa, al saber que venimos del paraíso. Por eso no me cabe duda de que nos vamos a reinventar por lo que somos, por la xente, por los abuelinos, por nuestra tierra única y maravillosa. Lo único que nos hace falta es creérnoslo. Y con esto pongo fin a mi relato como humilde narrador, lanzando una promesa al aire, para predicar con el ejemplo: como decía el tango de Carlos Gardel, Volver.

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