España, una partida de póker
Siempre se ha oído lo de los “poderes ocultos”. Los “poderes fácticos” que mueven el mundo en todos sus aspectos, social, económico y religioso. “Sociedades secretas” ocultas dentro de las sociedades que todos conocemos.
El “individuo”, que nace sin pedirlo, que le ubican sin consultarle, que le teledirigen sin protección de datos... El “individuo” se convierte en un trozo de “masa manejable”, si quiere sobrevivir.
No solo el “individuo”, las identidades nacionales, las identidades culturales, las identidades territoriales... todas son utilizadas y, como marionetas, alabadas, golpeadas o defenestradas. Los hilos, todopoderosos, de los “poderes fácticos”, sobre el tablero de póker, dirigen la partida, mueven las jugadas y dominan al jugador.
La España de hoy, en manos de esos “poderes ocultos”, se ha convertido en el centro de una partida de póker. Diecisiete jugadores con millones de seguidores, cada uno.
Los millones de jugadores no cuentan... ¡Silencio!, la partida va a comenzar:
La lengua ya no tiene valor... Las tradiciones, depende... La moral no importa... El honor se puede comprar... La dignidad, París bien vale una misa... Las fuerzas amargadas dicen ser enemigas... Y nosotros, los españoles, como el pan, si es tierno y manejable, bien... Si es duro y firme, a tirar.
Gobernantes, “utilitarios de los grandes poderes ocultos”, están poniendo sobre la gran mesa de póker nuestra unidad, nuestras fuerzas armadas, nuestra lengua, nuestros valores, nuestra justicia... Acción teledirigida.
Los otros gobernantes, en la trastienda del poder, con su “silencio remunerado” están apoyando todo lo anterior... Omisión interesada.
Nosotros, los votantes masificados, vamos pasando sin pena ni gloria porque la dignidad la hemos perdido con las políticas provincianas, con los PER vitalicios, con las asociaciones de fines personales o grupales, con las bodeguillas de élite, con los babeles lingüísticos, con la utilización del hambre, con la negación del derecho a la vida... Porque, en definitiva, estamos consintiendo que destruyan nuestra propia identidad con tal de que nos den unas migajas de pan.
¡Nosotros... Nosotros... Sólo nosotros... tenemos la culpa!
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