¿Sobre qué bases es deseable la vida?
Hoy me encuentro con dos máximas que se complementan: "Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión" (Nelson Mandela) -aquí cabe una simplificación: nadie nace odiando- y "Nada tan estúpido como vencer; la verdadera gloria está en convencer" (Victor Hugo). El problema llega cuando ni con la verdad, ni con la razón se puede ya convencer. ¿Por qué no? Sencillamente, porque la verdad y la razón no interesan al fanatismo, que ha encontrado el momento, el tiempo de "su verdad", el tiempo en que cada uno anda demasiado interesado en sí mismo y no presta atención al interés general. El tiempo en el que la ley o los que la ostentan dan cuerda a esa nueva y asquerosa realidad: el triunfo de la manipulación. Hubo un tiempo en el que la verdad y la razón no tenían contestación, porque la sociedad las admitía como punto final de toda controversia. La historia no se retuerce a voluntad, ni se pervierte la razón cuando todavía no hay intereses que compensen por jugar sucio, cuando los valores tradicionales son la auténtica garantía de paz y estabilidad, pero cuando esos valores ya no guían el voto, entonces aparecen entre los servidores del Estado quienes sin esos valores pasan a servirse del Estado que somos todos, en pos de su particular e interesada verdad y razón; entonces ya no hay amparo ante la sinrazón, y la sociedad queda expuesta al dominio del hombre. Hay que poner bolardos al terrorismo, bolardos al fanatismo y bolardos a la manipulación interesada. "Como una ciudad en que se ha hecho irrupción, que no tiene muro, es el hombre que no tiene freno para su espíritu". (Pro. 25:28). ¿A quién le gustaría exponerse a la invasión de ideas que pudieran impulsarnos a actuar impropiamente, para el perjuicio de nuestro semejante y de nosotros mismos?
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