Vivir sí, pero ¿para qué?
Creo que estamos atentos a lo inmediato, pero remisos a lo trascendental. ¿Por qué? Quizá sea por la levedad de la vida, que al fin y al cabo consideramos nuestra vida. No podemos asumir los grandes retos pendientes que nos ocuparían la vida toda y dejar pasar la oportunidad de vivir. ¿Dejaremos entonces las cuestiones vitales no abordadas y ya sin solución a nuestros hijos y nietos? Respondo categóricamente por mi cuenta y riesgo: sí. Y como no hay muchos a la faena de molestar las conciencias que el sistema adormece con tonterías chef, pérdida de tiempo en la red, o maniqueísmo político, pues me echo ese lastre a la espalda y os informo: la regeneración es necesaria en todas las áreas humanas, pero la regeneración moral es la más urgente. Una vez saneada de egoísmo y de ignorancia consentida, la sociedad estaría en situación de abordar los temas que nos ciernen amenazando la supervivencia. Tal como la deuda de las naciones aumentó hasta causar la reciente crisis financiera, la deuda ecológica con el planeta sigue aumentando. El ser humano consume los recursos naturales a tal ritmo que no le permite al planeta recuperarse. No solo deberíamos hacer frente a la contaminación terrestre y espacial o al abuso en la administración de los recursos, sino a la guerra, al terrorismo, la violencia, al tráfico de seres humanos, mafias, delincuencia, al hambre, pestes y refugiados, a la inestabilidad política y social. Y como motor de regeneración, la vuelta a los valores morales, a los principios éticos y, sobre todo, al compromiso humano con nuestros congéneres. Merece la pena vivir aunque tan solo sea eso, pasar por la vida, pero esa vida no es gran cosa, hay que alcanzar la pequeña gloria de vivir en conformidad con la hechura humana. "Y Dios procedió a crear al hombre a su imagen..." (obviamente, no física, sino intelectual, moral y espiritual). (Génesis 1:27)
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