La segunda transición política española
Los difíciles momentos por los que atraviesa la democracia en España recuerdan con cierta nostalgia los acontecimientos políticos de la primera Transición.
Fueron años de enormes dificultades y, sin embargo, se alcanzaron los Pactos de la Moncloa de 1977, unos pactos entre el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, y los principales partidos políticos con representación parlamentaria, las asociaciones empresariales, el sindicato Comisiones Obreras y la Confederación Nacional del Trabajo, en los que se firmaron unos acuerdos que fueron determinantes para la consolidación de la democracia que hoy disfrutamos, en unos años con enormes dificultades de todo tipo, muy especialmente económicas y laborales, con una tasa de desempleo cercana al 30%.
El presidente del Gobierno actual y los líderes de la oposición han demostrado no tener la altura de miras necesaria para lograr un consenso que desbloquee la falta del entendimiento necesario para poder avanzar en un nuevo tránsito que se presenta muy oscuro.
Me pregunto si no nos encontramos inmersos en una segunda transición que obligaría al Rey, como jefe del Estado, a tomar las medidas excepcionales necesarias para desbloquear las actuales circunstancias. Pero para ello sería necesario que surgieran auténticos líderes políticos que fueran capaces de llegar a los acuerdos imprescindibles, como se hizo en los añorados Pactos de la Moncloa, que permitieran gobernar para todos.
Sinceramente, aunque no considero que esté en peligro la democracia, porque afortunadamente ya se encuentra arraigada, no veo en el horizonte político ninguna señal que permita ser medianamente optimistas por la falta de categoría y de liderazgo de los políticos actuales.
Quizás el Rey Felipe VI, que sí ha demostrado tener la categoría que heredó de su padre, el Rey emérito Juan Carlos I, tenga también la determinación necesaria para liderar un proyecto de cambio que solucione el problema y encuentre el camino para que nuestro país tenga el Gobierno que se merece, que necesariamente tendría que ser renovado. Un cambio total que pasa por encontrar a unos políticos que gobiernen para el pueblo y no contra el pueblo, de espaldas a la ciudadanía y velando solo por sus intereses personales y de partido, repartiéndose los sillones y los favores con total descaro, como si España fuera una finca privada, sin importarles que los españoles estemos asistiendo, atónitos e impasibles, a un triste espectáculo de imprevisibles consecuencias.
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