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El capitalismo roe, apesta y contamina

19 de Agosto del 2019 - Mario José Diego Rodríguez (Gijón)

La ola de calor que irrumpió en nuestro país y en otros países del norte de Europa provocó una eclosión de recomendaciones –por parte de algunos gobiernos y sobre todo de los medios de comunicación– con respecto a las precauciones y comportamientos que debemos poner en práctica para evitar lo peor. Mucha agitación, pero como siempre, una vez hechas las advertencias y buenas recomendaciones, que mayoritariamente son de sentido común, excepto para algunos inconscientes, los gobiernos y quienes están encargados de tomar decisiones, a otra cosa mariposa.

En cuanto a los que no les queda otra y tienen que seguir fichando todas las mañanas, para ellos, toda esa agitación no ha cambiado nada en absoluto. Las decisiones de cómo y en qué condiciones deben realizar su trabajo las toma el patrón; solo él decidirá si se cambia los horarios de trabajo o eventualmente el tipo de trabajo. En los servicios públicos, servicios que dependen directamente del Estado, la búsqueda de soluciones para hacer frente a las condiciones de trabajo impuestas por el calor queda a discreción e imaginación de las y los trabajadores públicos. Para detalles de esta índole el Gobierno no está en funciones, está simplemente desaparecido.

No obstante, prever y limitar los efectos del recalentamiento del clima, responsable de las excesivas temperaturas en ciertos lugares, de la extrema intensidad de las lluvias en otros, sería posible; “las leyes físicas y químicas lo permiten”, según declaran algunos científicos. Por desgracia, las leyes que rigen nuestra sociedad no son las que la lógica y los intereses de la colectividad exigirían, sino las que nos impone el capitalismo: la búsqueda de la rentabilidad de sus inversiones.

Los poderosos gozan de la libertad de invertir su capital en donde les da la gana. Pueden invertirlo en minas sin preocuparse si el mineral extraído es contaminante o no; pueden invertirlo en manufacturas, importándoles un bledo si el producto manufacturado es biodegradable o no, y si lo es al cabo de cuánto tiempo; pueden invertirlo para especular, sin preocuparles lo más mínimo que dicha especulación provoque o no, a corto o medio plazo, una crisis financiera. Las desastrosas consecuencias que unas u otras de sus decisiones pueden acarrear les traen sin cuidado.

Algunos piensan que la solución pasa por responsabilizar individualmente a cada uno de nosotros. Insisten –y el microcosmo mediático contribuye ampliamente a popularizar esta idea– en que nuestro comportamiento individual debe cambiar y en que la educación “cívica” de nuestros hijos e hijas es primordial. Con regularidad nos aconsejan cerrar el grifo cuando nos lavamos los dientes, limitar la temperatura en la vivienda a 17 grados; hemos visto con la misma regularidad, en todos los informativos, a nuestros churumbeles recogiendo toda clase de residuos en las playas o en el campo.

No cabe duda, hay que felicitarlos por su comportamiento cívico, no obstante, también habrá que decirles que unos meses después vuelvan a las playas y al campo porque volverán a encontrar los mismos residuos que vertieron en el contenedor adecuado; solo una ínfima parte de esos residuos recuperados han sido realmente reciclados. El problema medioambiental –por muchas Cumbres internacionales que nuestros dirigentes políticos hagan– no será resuelto mientras que nuestra economía sea dirigida por capitalistas cuya única y exclusiva preocupación es el atesoramiento de escandalosas fortunas en sus arcas.

Echar la culpa a la población es fácil y además permite, sin mucho coste, exonerar a los verdaderos responsables. ¿Cómo reducir las emisiones de gas de efecto invernadero, cuando las compañías eléctricas o industriales se oponen a las energías renovables, o cuando son las multinacionales quienes deciden inundar el mercado con cualquier producto manufacturado, sin preocuparse de las consecuencias ecológicas con tal de incrementar sus ganancias?

Un poco más difícil es concienciarse de que siendo el capitalismo incapaz –a pesar de los asombrosos adelantos técnicos que la humanidad ha logrado– de solucionar cualquier problema básico para todo ser humano, como el de comer todos los días, disponer de agua potable, vivienda o educación, también lo será para enfrentarse al calentamiento global del planeta. Solo la expropiación de los medios de producción, concentrados actualmente en sus manos, puede permitir al conjunto de la humanidad reorganizar eficazmente las fuerzas productivas para satisfacer las necesidades básicas de siete mil quinientos millones de habitantes terrestres, sin poner en peligro la vida de los diez mil millones de futuros habitantes.

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