Sin toreo no hay toros
Las protestas de los antitaurinos ya se han vuelto habituales en los alrededores de las plazas de toros. No van vestidos de luces, pero sí van a lucirse. Suelen escoger días señalados, cuando hay las corridas más importantes, para formar parte de la fiesta nacional. La función principal que desarrollan es dar voces y hacer ruidos con el fin de molestar a los que están dentro presenciando el espectáculo. Se acompañan de pancartas y panfletos para sensibilizar a los viandantes del sacrificio de los toros. Pero lo que no tienen para estos son alternativas; por tanto, lo que persiguen en realidad es la extinción del toro de lidia, ya que este animal, por su propia y esencial condición, la bravura, no tiene un uso doméstico o útil para los seres humanos mientras está vivo. Se le cría para ser lidiado. Nadie se dedicaría a tal crianza de no ser así, pues no es rentable. De ahí que en los países donde no hay toreo esta raza prácticamente no existe.
La vida del toro es excelente. Se desarrolla en unas condiciones ambientales y alimenticias magníficas, con extenso espacio y total libertad. ¡Cuántos animales viven hacinados hasta que los matan y nadie se acuerda de ellos!
Durante la corrida, el toro embiste por su natural e innato afán de hincar los cuernos donde halle lugar y ocasión, y no por mera defensa, pues también lo hace sin estar herido, e incluso llega a matar a congéneres. Muy pocas veces se rinde y entonces, viendo el final cerca, se va hacia las tablas que componen la barrera. Es una agonía corta, casi nada comparado, por ejemplo, con el largo pavor que padecen las mansas vacas en los mataderos, ya que huelen los cadáveres. Ahí no van los antitaurinos a manifestarse, no quieren verse expuestos a la hediondez, ni que les recuerden que son carnívoros y que utilizan pieles en el vestir.
Tampoco habría toros de lidia sin los arrojados toreros. Son la estirpe valiente más antigua de España. Hay que serlo para plantarse delante de ese tipo de animal, salvaje, imponente y, con estilo y arma rudimentaria, matarlo, pudiendo ser cogido en el lance. Ningún buen torero se libra de numerosas cornadas y sus secuelas, muriendo algunos de ellos.
Entiendo que haya gente que le desagraden estos festejos. Pero a nadie se le obliga a ir a la plaza. Los taurinos tienen otros gustos y sus razones para asistir. Mejor que sea así, porque muchas familias viven del mundo del toro de lidia, gran símbolo de nuestro país.
¡Viva España!
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