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Tarantino: dios del tiempo y destino del espectador

19 de Agosto del 2019 - Javier Suárez Piedralba (Piedras Blancas, Castrillón)

Desde la época antigua, e incluso en culturas epocales más remotas, ha habido una indivisible y estrecha relación entre el tiempo y el destino. Imploremos por el tiempo meteorológico deseado, por que llueva, para las buenas cosechas; imploremos por la fortuna ambicionada, material o espiritual, para que el tiempo que vivamos sea lo menos miserable posible; imploremos por la decisión sabia sobre los tiempos, por la prudencia y el olfato, para así no perder nunca la oportunidad...

De todos los tiempos el más querido es el de Kairos, el dios del tiempo oportuno, pues la meteorología resulta providencial, y la mortalidad del humano, una agenda perturbadora. Quien dominara esa suerte de encadenamiento de la suerte, del emprendimiento de la prudencia, bien podría denominarse como encarnación de Kairos o dios del tiempo oportuno. Quizás alguien con un absoluto dominio de nuestras expectativas, que fuera capaz de venderte con éxito hasta un paranoico y pesado plano de una paloma neoyorquina cualquiera, con una voz en off narrando los asuntos y fetiches cotidianos más personales e intrascendentes, como el guion más profundo y brillante jamás ejecutado, bien podría considerársele como dios del tiempo oportuno de la contemporaneidad. Tarantino se perfila como una suerte de Kairos, pues hace de la lentitud un placer considerado con los demás: no quieres que acabe lo que pasa y, al mismo tiempo, quieres ver de una vez otra cosa distinta. Tampoco quieres mirar el reloj para ver cuánto queda, si sabes apreciarlo. E incluso te preparas religiosamente respecto al placer audiovisual confirmando y agradeciendo la larga extensión de su nueva película.

“Érase una vez en... Hollywood” no solo se torna como un tributo a una época del cine, sino también como un tributo a la memoria de Tarantino, de las filias cinematográficas que han construido al Kairos, al adulto superdotado, amoral e irreverente que devoraba películas y definió su gusto en géneros y planos desde niño. Y no es solo un tributo a su memoria, sino también la película más innovadora de su carrera desde la brillante “Pulp Fiction” (alabada unánimemente como una de las mejores películas de los noventa). Esto no va solo de narrar una buena historia, sino de edificar una antología de escenas en los recuerdos del espectador. Tarantino siempre será un guionista inconfundible.

Por otro lado, Brad Pitt ha hecho del meme o la parodia una virtud, y ha ido creando un género de personaje que predice el interés y la acogida de la gente por verlo en pantalla. Margot Robbie resulta una elección necesaria, pues su incuestionable belleza física causa la luz de un ser entrañable y mágico, algo potenciado al encarnar un tributo hacia Sharon Tate. Y Leonardo DiCaprio ha sido, como siempre, un amo y señor de la escena, ya que lo suyo no es sólo atractivo y experiencia, sino genialidad en la interpretación.

“Érase una vez en... Hollywood” probablemente no será la favorita de muchos fans incondicionales, pero cuanto más madure en el recuerdo y las visualizaciones de los espectadores, más y mejor valorada será. Tarantino agotó el cartucho de hacer trampas hace años, dándonos cual fanservice maestro exactamente lo que queríamos ver, lo que esperábamos ver y lo que nos gusta ver de su estilo en “Los odiosos ocho”. Esta película, por el contrario, no ha sido un tributo a sus fans, sino a él mismo.

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