Boreal
(A tenor de la ballena varada en las playas de Salave en El Franco, Asturias)
No sé cuándo me devoró...
No recuerdo el momento.
No tenía marcas ni heridas de haber sido masticado.
Pensé que todo podía haber sucedido mientras dormía.
Tampoco puedo decir que el miedo no atenazase mi cuerpo y mi mente.
Dentro me encontraba no como huésped, sino como anfitrión.
Sí, estaba en mi casa... o al menos eso me parecía...
Seguía tumbado boca abajo, como me gusta dormir.
Traté de darme la vuelta para reflexionar antes de levantarme... la maniobra resultaba
imposible, mi cuerpo, era tan pesado que mis matutinas fuerzas eran incapaces de
moverlo.
No recordaba mucho del día anterior; de hecho, no recordaba absolutamente nada.
Eso me produjo una congoja visceral que sobrecogió mis vísceras. Noté que las piernas
estaban unidas como una sola.
Intenté verlas... Tampoco conseguí girar el cuello para comprobar qué estaba pasando con
ellas...
Otra cosa me preocupaba más aún: mis brazos, extendidos hacia delante, carecían de los
dedos, y su longitud aumentada con la desproporción del dibujo de un niño o un loco,
desbordaba la lógica anatómica.
Se sumaba a la situación un deseo incontrolable de aplaudir el maravilloso paisaje que
ante mi vista plasmaba la belleza del mar, de sus olas, de los cielos grises, azules y
rojos.
La costa estaba cerca, cada vez más cerca.
Las negras rocas flanqueaban mi visión y crecían sin cesar alzándose ante mi como
catedrales eternas.
Al fondo, la playa de cantos de sirena y cantos rodados esperaba mi llegada.
El batir de mis piernas impulsaban mi cuerpo hacia la bellísima cala, decorada en los
verdes más verdes que jamás se han contemplado, matizados por los primeros rayos de la
mañana.
No había nadie.
Pensé que sería mejor así...
La marea inexorable avanzaba con su rutina diaria, dando y quitando vida a los habitantes
de su mar, de su océano... con su calma y su tormenta, su amor y su odio, su plata y su
oro...
Suavemente posé mi cuerpo sobre esos metales preciosos.
Las olas bañaban mi espalda cubriéndome con su frío manto y haciéndome sentir vivo. Bajo
mi pecho, las piedras, redondeadas por el incansable trabajo de las aguas, servían de
lecho a mi cansado cuerpo.
Abrí la boca y pisé la playa saliendo de mí mismo.
Me senté sobre una roca blanca como la espuma contemplando el amanecer,
contemplando la mar, contemplando cómo me moría...
Creo que rescataron mis restos para para que mi esqueleto presida la urna de cristal más
grande del museo oceanográfico.
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