Dueños del lobo

29 de Agosto del 2019 - José María Bayo Muro (Gijón)

El artículo de Roberto Hartasánchez del sábado 17 de agosto sobre “Daños de lobo” publicado en este mismo periódico merece una mínima respuesta, aunque sea de andar por casa, desde la posición de enfrente, que no es la de la Administración, sino la de aquellos que defienden a los ganaderos y reclaman a su vez una mejor gestión sobre el tema del lobo.

El artículo de R. H. presenta un formato lógico muy sencillo y lineal, retórico si se quiere, no presentándose dudas sobre las posiciones defendidas y no apareciendo preguntas, todo encaja armónicamente, y si existen posiciones discordantes es porque con el tema del lobo “el conocimiento va poco más allá del recuerdo de los viejos programas de Félix Rodríguez de la Fuente, el resto del conocimiento del ciudadano común se limita a leyendas e historias o a información periodística sobre ataques y más ataques”. El mencionado formato consta de una premisa general que se establece como principio: el lobo forma parte del patrimonio biológico, y la sociedad moderna ha decidido protegerle; se continúa con la experiencia de Somiedo, donde se desarrolla el punto central del artículo, y se termina con una conclusión admitiendo la complejidad de la problemática del lobo, pero que “una gestión basada exclusivamente en matar todo lobo que se ponga por delante será la garantía de que el problema no tendrá fin”, pero esta conclusión que adopta R. H., además de pedir el principio del que parte, no tiene en cuenta que al equiparar al hombre y el lobo en la problemática pasa por alto que este conflicto se acabará solo cuando el hombre le dé una salida al lobo, y no al revés.

En la experiencia de Somiedo se hizo un estudio sobre un grupo familiar de lobos del Parque que durante años habían pasado desapercibidos al no provocar ataques al abundante ganado doméstico durante el verano, dedicándose exclusivamente a alimentarse de ciervos y jabalíes, hasta que un funcionario de la administración del Parque, inculto él sobre saberes etológicos, decide eliminar a unos cuantos lobos y, probablemente, a la líder de la manada, lo que acarreó su desestructuración y, al no cazar ya en grupo y formarse parejas dispersas, se dedicarían a cazar presas más fáciles como el ganado doméstico.

Pues bien, ¿esta diáspora original que salió de Somiedo es acaso explicación suficiente del comportamiento de los lobos en la actualidad o, por el contrario, se trata de un hecho probabilístico basado en múltiples causas etológicas y ecológicas? Porque si aceptamos la dispersión tal y como es planteada, entonces sí que nos introducimos en las leyendas y las historias, pues de alguna forma habremos atribuido conciencia a la manada, ya que las pautas y comportamientos etológicos se verían disueltos o absorbidos por posiciones antropomórficas. Este tipo de manadas cohesionadas han sido narradas con gran profusión por programas de La 2, y más concretamente los referidos a la caldera de Yellowstone, pero nosotros creemos que las luchas entre manadas no son por la caza, que es un concepto cultural de la civilización humana, sino por el territorio, por el “dominio” de ese territorio concreto que sí es el motivo principal del enfrentamiento. La pérdida de una hembra o un macho dominante será sustituida inmediatamente o, de lo contrario, la manada será expulsada por la manada rival, porque es la defensa de la manada frente a otras manadas lo que hace que el grupo se mantenga estable, y no la caza, y para ello necesitan al líder, pero a pesar de ello, ¿de verdad nos creemos que estas situaciones se dan en Somiedo o en la sierra del Cuera? Nuestra posición aquí es clara y radical, no es la cohesión del grupo el determinante causal del ataque a animales salvajes o domésticos, como si se pudiese establecer una conciencia de grupo al estilo de las familias de cazadores del Paleolítico; es el territorio el que hace que se forme un determinado tipo de manadas, parejas o animales solitarios que atacarán a las presas según las circunstancias.

Hasta aquí el comentario al artículo de R. H., pero el tema del lobo, como bien es sabido, se puede afrontar desde diferentes planos o puntos de vista. El autor del artículo mencionado lo ha hecho desde la especie y desde la etología; será entonces desde este plano desde el que haremos unos comentarios breves al respecto y a la pretendida compatibilidad entre el lobo y los animales domésticos, de la que nos hablan los defensores o dueños de este animal.

Aquí, y por nuestra parte, también partimos de principios, y si hemos de seleccionar uno, este sería que no existe compatibilidad alguna entre un animal salvaje, como el lobo, y los animales domésticos, salvo que al salvaje lo domestiquemos, y no existe porque, sobre todo, las naturalezas de los animales domésticos han ido cambiando con los años en su larga convivencia con los humanos. La naturaleza de un animal salvaje, sus instintos de defensa, ataque y supervivencia, sus pautas de comportamiento, siguen inalterados con el transcurso de los siglos. Sin embargo, en los domésticos, sus naturalezas han cambiado completamente y han desaparecido sus estrategias de fuga, defensa y camuflaje, además de muchos rasgos morfológicos, lo que los deja en una clara desventaja, y por eso son presa fácil de los depredadores. Diríamos que dejar que las naturalezas actúen por sí mismas nos haría cómplices de un exterminio, por eso tenemos el deber de protegerlos. Ante semejante enfrentamiento de las partes, la única salida que de verdad vemos viable es la del cercado; es decir, reducir las manadas de lobos a unas zonas restringidas donde puedan convivir entre naturalezas salvajes sin ventaja alguna. ¿Cómo hacerlo? Ese es el reto que tienen las administraciones y sus expertos.

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