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Ryanair y las miserias

26 de Agosto del 2019 - Verónica van Kesteren Valery (Madrid)

Las miradas de soslayo que dirigen quienes desfilan por la pasarela del Priority a los que aguardan en la vecindad de la fila de los Others demuestran que la versión más espartana de la navegación aérea es el inicio de un inventario ignominioso de miserias que comienza días o meses antes de embarcar, tras demasiados correos promocionales.

Elegidos el día y la hora, y casi alegre cuando te dispones a pagar, comienza un bombardeo de imágenes en versión cinemascope con todos los extras que puedes tener con tan solo un “click”; son tan insistentes que llegas a preguntarte cómo has podido vivir hasta ahora sin extras. Pero entre todos los extras el mejor es, sin duda, el chantaje del asiento.

Primero te inoculan una especie de pánico al azar. Como si el ordenador, que elige aleatoriamente los asientos, fuera una malévola sucursal de Darth Vader a punto de apoderarse de toda la galaxia.

Sin embargo, el perverso algoritmo debe de tener una alerta que activa una forma de chantaje en modo tormento cuando se da cuenta de que el acompañante es un niño, pues afloran bocadillos de advertencia como los que salen cuando el sistema operativo quiere decirte algo importante. En ese punto, un porcentaje abrumador debe caer rendido a los pies del algoritmo en alfombra. Los padres víctimas del algoritmo Vader pagan lo que haga falta para no traumatizar a sus pequeños por abandono parental.

Pero para quienes no se la han dejado meter otro mundo todavía es posible, porque, una vez en el avión, puede que el libre mercado triunfe. La esclavitud de la democracia, extendida ahora a ámbitos desconocidos hasta la llegada de las redes sociales y la tecnología de masas, también es capaz de generar estas paradojas, estos antídotos contra su propio veneno en el mundo de los hechos.

Para los valientes llega la recompensa, pues de forma misteriosa se suceden atropellados acuerdos entre partes que no se conocen con el objetivo de corregir los desagravios del algoritmo Vader que les han separado. Las parejas comienzan a unirse; asientos van y vienen en un trasiego de personas a todo lo largo del pasillo con la secreta alegría de haberlo conseguido después de dar todo por perdido, que es, dicho sea de paso, cuando mejor sienta.

Conviene no olvidar que la estafa del asiento fue catapultada al cielo de los extras gracias a la Unión Europea, que, en un ejercicio de desagravio hacia los consumidores, decidió prohibir el orden de llegada en los vuelos “low cost”; o, lo que es lo mismo, las salidas de ganado en estampida con toda clase de bufidos e improperios.

Seguramente, la UE comenzó a actuar al detectar un incremento sospechoso del número de lesiones en los aeropuertos (esguinces, fracturas de dedos del pie causadas por ruedas de maletas, lesiones graves por codazos y pisotones, juanetes descoyuntados, espinillas fracturadas), con el consecuente coste para la Seguridad Social.

Los testimonios recabados en el estudio previo que se habrá embolsillado alguna consultora grande serían, seguramente, categóricos. Miles de entrevistados con síndrome “post low cost” narrarían traumatizados entre sollozos que soñaban con hordas de personas persiguiéndoles mientras corrían hacia la escalerilla del avión para llegar los primeros y coger los asientos de emergencia. Otros se verían corriendo perseguidos por los Toblerones verdes gigantes que tuvieron que dejar abandonados a su suerte en la orilla de la cola de embarque porque la maleta no encajaba en la maldita estructura metálica que juzga lo que se va y lo que se queda.

La versión más espartana de la navegación aérea, por no tener, no tiene ni asientos reclinables. Ocasionalmente, tiene algún finger que te acerca la terminal aeroportuaria, pero tales lujos deben de estar reservados para vuelos que aterrizan bajo cero y en medio de una nevada polar.

Cada vez que me sumerjo en el universo “low cost” acuden a mí las palabras de mi madre, completamente desfasadas, pero muy al pelo, para constatar cuánto glamour aéreo nos han arrebatado a cambio de una cantidad creciente de miserias de todas las clases: “A los aviones siempre hay que ir elegante y bien peinado”.

Aunque nunca se sabe, si vas elegante y de peluquería, con un poquito de suerte algorítmica igual te toca el asiento de emergencia gratis, siempre que nadie haya caído antes en el chantaje del asiento, claro está.

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