Los economistas hablan de nueva crisis, ¿para qué sirven ustedes?
Ya no tienen decoro alguno por su profesión, me refiero a muchos economistas y no digamos los tertulianos para todo. Todo aquel que se expone a opinar en público debiera llevar preparado bien el guion, no hace falta ser experto en nada, simplemente ir enterado, haber estudiado sobre el tema y asesorarse de la materia a debatir. No soltar por la boca principios y prejuicios personales sin más valor que decir lo que a ellos les encantaría que ocurriera, pensando en especular ideológicamente con cuestiones de gran calado y trascendencia. Tienen que tener claro que les escuchan miles de personas, ni siquiera pienso en los cándidos que pudieran dejarse convencer por opiniones sin más, estoy hablando de dignidad y responsabilidad personal y profesional de quien opina sin más sentido práctico que alarmar o disfrazar la realidad.
Si no es correcto que los tertulianos suelten por la boca interpretaciones osadas, me rechinan -esas sí dañan a todos- las vertidas en controversia entre dos prestigiosos economistas. Si uno dice blanco y el otro negro, uno de los dos miente; o los dos mienten, ya que quizás existan colores intermedios que no ve ninguno. Estos economistas predicen el pasado como nadie, pero cuando se trata de prevenir y solucionar males por venir se enzarzan entre ellos sin pudor en reflexiones contrapuestas, dejando al espectador confundido por completo. Si uno dice que España está fuera de toda posibilidad de recesión o crisis, nos tememos lo peor. Ya lo dijeron cuando la anterior crisis, que España estaba en la Champions light de la economía mundial, cuando la realidad era bien diferente: estábamos jodidos y bien jodidos. Ahora ya no podemos creerles, con los políticos que tenemos y este tipo de profesionales todo puede ocurrir, ya que no se enteran de nada. Ahora tenemos dudas también de quien dice que estamos mal: el déficit, la deuda y un entorno europeo con Alemania a la cabeza, con el “Brexit” zumbándonos los oídos y estos incompetentes políticos que tenemos a bien padecer en todos los países, no solo en España, puede ocurrir de todo y nada.
Tenía que existir una regla inapelable en toda profesión: quien vaticina catástrofes en la parcela que domina debiera explicar con esa misma antelación e imaginación las posibilidades de librar a los ciudadanos del sufrimiento que ello les pudiera acarrear. Ya estamos escaldados, teníamos la banca más saneada del mundo, y ya saben lo ocurrido y padecido. ¿Podemos ahora confiar en alguien? Están los políticos para medrar y apoltronarse, lo demás les da igual, y si les diera por otra cosa, es que no sabrían, son unos ineptos de cuidado. De lo contrario, no estaríamos hablando de si llega o no llega otra crisis, ellos pondrían solución. Pero no, no esperen nada ellos: son el problema, no la solución.
Ya no sabemos a ciencia cierta si la economía, en sus tipologías matemáticas, con sus derivadas, ecuaciones... para desentrañar tantas variables como tengan, es una ciencia exacta o los que no son precisos son los incapaces economistas que dejamos gestionar todo nuestro futuro. Están de asesores en gobiernos, bancos, partidos políticos, sindicatos, empresas… y en todo tipo de organismos nacionales e internacionales, pues me recuerdan a los abogados que igual defienden al asesino que al asesinado, al ladrón que al robado. Quiero decir, que los que asesoran al especulador, al defraudador, al que corrompe la estabilidad de la economía de los países ganan por goleada a los otros enclenques que tenemos por bien mantener.
No es posible que se nos vengan crisis y recesiones cada determinado periodo, dicen que cada siete años como mucho. ¿Qué hacen para prevenirlas? ¿Estos diez años anteriores no les sirven de experiencia y experimento? ¿No aprendieron nada de ellos? Ustedes, que son los expertos en economía, cómo es posible que solo sepan predecir males o que estos se les vengan encima de repente y no sean capaces de adelantarse, resolver, plantear y poner su saber al servicio de la solución de los problemas en vez de convertirse en meros transmisores de presagios donde dejan su capacidad y solvencia por los suelos.
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