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El reloj y el hombre

3 de Septiembre del 2019 - Ricardo Luis Arias (Aller)

El reloj es una máquina de movimiento uniforme que mide el tiempo y la vida del hombre, que tiempo es también. Pero muy breve, efímera, en la maquinaria humana. Sí, porque el hombre es también un reloj al que un día, cuando nace o es creado, se le da cuerda para toda una vida, que puede ser larga o corta, según sea su maquinaria, buena, resistente o mal tratada. Y así como el reloj mecánico, si se para, tiene arreglo y compostura, el reloj humano, no. Si se le acaba la cuerda o por cualquier otra causa su maquinaria humana se para, ya sabemos lo que ocurre: "Consumátum est”. El reloj humano pasa a ser historia en el tiempo, un tiempo que ha dejado de ser suyo.

El primer reloj que vio el hombre fue el Sol, al que seguiría luego el reloj de agua, y después el de arena. Cuando surgió en la mecánica la rueda dentada es cuando apareció el primer reloj como artificio, parece ser que en Borgoña. Luego Peter Pen, cerrajero de Nuremberg, iría más allá al construir el primer reloj de bolsillo. El descubrimiento de las leyes del péndulo por Galileo sacarían al reloj de su condición de mera artesanía, para elevarlo a la jerarquía científica de instrumento de precisión. Naturalmente, ello ha venido a prestar un gran servicio al hombre, tanto en lo que al respecto representa y supone la medición matemática del día como para medir también su jornada de trabajo.

La industria del reloj es hoy asombrosa, con modelos no menos asombrosos y costosos, que tiene su Meca en Suiza. Y aunque sea tildado de retrógrado o majara, uno se queda con el reloj de arena porque tiene su misterio y su mensaje. El goteo de arena callado y silencioso invita a la meditación, a que el hombre considere que su vida, de tal manera, se le va también poco a poco, en un goteo de horas, días, meses y años, sin apenas darnos cuenta. Vida y reloj vienen a ser una misma cosa, y ambos son esclavos y víctimas del tiempo. Un tiempo que no tiene medida posible, que no se ve, que no se siente, que no se palpa, pero que está ahí, aquí, en todas partes. En nuestra vida, que tiempo es también, pero breve y fugaz. Apenas un soplo de tiempo. Nada. Porque todo en la nada se queda.

“Reloj que marcas las horas, / marcas mi vida también...”. Dice el sentimental bolero de Roberto Cantorel y que popularizó el cantante Lucho Gatica. Y dice o canta muy bien, porque ambos, vida y reloj, coexisten y tienen un mismo engranaje que les va marcando el tiempo, inexorablemente. Por eso no pueden detener su camino, y menos aún retroceder y volver atrás, ¡ay, si tal cosa se pudiera hacer!, porque el tiempo estaría en nuestras manos, y bien cogido para manejarlo a nuestro antojo. Pero es él el que nos tiene bien cogidos, y en sus entrañas nos sepultará y nos hará desaparecer para siempre.

El reloj y el hombre. El primero se puede parar, darle más cuerda y vuelve a andar. El nuestro, no. Por eso tenemos que cuidar con esmero nuestra maquinaria humana y la espiritual. Sobre todo ésta, para cuando dejemos de ser tiempo para convertirnos en eternidad. Tiempo, vida y eternidad. He aquí la gran incógnita del hombre.

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