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Reportajes de verano: cuando la frescura periodística no puede convertirse en burla

28 de Agosto del 2019 - Bernardo de Lanuza San Agustín ()

El pasado 27 de julio de 2019 La Nueva España publicó una crónica interpretada del festival que congrega música, surf y motos en la playa de la Espasa en Caravia, cuyo nombre es conocido por muchos, Motorbeach.

Unos reporteros pasearon por el evento y dieron cuenta de lo que vieron libres de interpretarlo desde los ojos de la ignorancia. Esta carta es de indignación por permitir la ineptitud profesional de aquellos que la escribieron y que quizá con ánimo de frescura y comicidad, se tornó en burla y caricatura esperpéntica. La intención la desconozco, sin embargo me siento afectado al ser citado con mi nombre y apellido en un escenario descontextualizado y con un claro interés por ridiculizar al individuo y agudizar trasnochados estereotipos provincianos de los que siempre se tiene esperanza de que con la globalización, la tecnología de la comunicación y la cultura, se hubieran mitigado o desaparecido. Obviamente la estupidez humana aflora desde los complejos y la ignorancia, que es lo que muestra a lo largo de toda la crónica trasmitiendo un falso espíritu y paisanaje al lector. De nuevo es un fracaso más a añadir en la imagen del periodismo profesional, que con estos ejemplos solo amarillean la información y los propios lectores y suscriptores pueden ser dueños de darle consecución. Hace años existió en España el diario El Caso, tenía su público sensacionalista con noticias falsas y fotomontajes irrisorios o espantosos, sin embargo sus lectores sabían lo que compraban en un afán de entretenimiento con “casos” extravagantes y exagerados. La Nueva España cita en su claim “El periodismo de calidad no es posible sin ti”, sus responsables deberían saber cómo seleccionar las crónicas y a quienes las escriben para ofrecer periodismo de calidad. No está justificado que se trate de una crónica fresca y por ello se permita una cuota de sorna al prójimo, puesto que la consecuencia inmediata para el lector es la de recibir una información deformada de la realidad en lo que se viene a llamar una caricatura.

Todo el tono que utiliza en la breve cita que hace de mi persona está cargado de intención y no son las frases entrecomilladas las que me ofenden, sino el tratamiento y la intención de cómo lo presentan al lector. En el caso de querer trasmitir una caricatura, es innecesario citar a las personas y es elegante evitar los nombres propios.

“…lo que le tira al madrileño Bernardo Lanuza es ser guay. Lo hace de manera profesional…” estas no son palabras de la persona citada, sino del periodista que califica de antemano y con ello condiciona la lectura asociando atributos al lector. Se llama manipulación informativa y difamación.

“Molar is too hard” (molar es muy duro) reza un cartel del festival a pocos metros, aunque parezca que solo para algunos”. Estas no son palabras de la persona entrevistada, sin embargo de nuevo hacen referencia al anterior dando a entender por asociación lo fácil, sencillo y natural que puede suponer ser guay para un madrileño. Es de una necedad insólita la inquina con la que se trata la crónica completa.

Menciono al principio de esta carta la descontextualización de la crónica, y en este sentido quiero recordar a dos chavales jóvenes que se acercaron a mí, que estaba trabajando en el stand que instalé de la marca de artículos que fabrico. En tono de broma y de pueril fanfarronería (la cual forma parte de ciertos códigos de comunicación en las tradicionales reuniones de viejos motoristas) dije exactamente las palabras que me atribuyen, sin saber que me grababan. Posteriormente me preguntaron si podían entrevistarme y grabarlo, y que para ello dijera mi nombre y apellido (lo di por respeto profesional para que pudieran realizar su crónica, por la política de protección de datos o lo que fuera), y en ese momento, siendo conocedor de que mis palabras se grabarían, obviamente mis respuestas a sus preguntas (las cuales fueron un fake) dejaron el tono bromista.

Es muy breve y son escasas las líneas que me dedica esta crónica, y por ello quizá ha pasado por alto para la mayoría de los lectores, sin embargo es posible que esto mismo haya sucedido con todas o con algunas de las personas citadas a lo largo del texto completo, con lo cual pondría en duda la veracidad de la información que ofrece La Nueva España, o los filtros de control que establece para sus cronistas. En cualquier caso el modelo ideal a seguir por un diario de calidad se aleja mucho de aquel histórico diario “El Caso”.

Supongan que tal memez se le hubiera atribuido a un miembro de la familia Borbón, de ninguna manera se habría tolerado y desde luego habría sido sencillo restituir su imagen, que una vez escrito y publicado me resulta imposible conseguir. Para algunos un apellido no es más que una forma de representarse, y para algunos es el honor de buen hacer de su ascendencia y el orgullo de lo que corre por sus venas. Por favor, tengan respeto y rigor cuando citen a las personas.

Los que firman la crónica se llaman Carlos Lamuño y Andrés Illescas.

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