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De ganaderos, aparceros y emigrantes

4 de Septiembre del 2019 - Alejandro González Lada (Urbiés)

Todos estaban de acuerdo en que se había excedido, pero a la hora de repartir la culpa sobre el origen del suceso se generaba controversia. Pepe había repartido palos a diestro y siniestro, había descargado su furia sobre las reses de Manolo que habían entrado en su prado, el que tenía reservado para sus vacas cuando bajaran del puerto y, como consecuencia de ello, dos de ellas se habían despeñado.

En la conversación mantenida entre los vecinos hubo quien quiso culpar al dueño del prado diciendo que si las vacas de Manolo entraron sería porque el pasto no estaba bien cercado.

Otros quisieron echarle la culpa a Manolo, porque según las malas lenguas tenía el ganado famélico vagando por los montes el año entero.

Absorto, un niño escuchaba la conversación de los mayores y en un momento en que se hizo el silencio intervino:

-¿Y qué culpa tienen las vacas?

Los hombres le miraron y no hicieron caso de sus palabras, era un niño, siguieron con la conversación hasta que Juan interviene para repetir la frase del niño. Fue entonces cuando respondieron para contestar que indudablemente las reses no tenían culpa alguna, eran animales y reaccionaban por instinto. Juan interviene y le da otra vuelta de rosca a la conversación diciéndoles: ¿Y quién perdió más, Pepe por el pasto esquilmado o Manolo por la muerte de sus reses?... las opiniones empezaron por sopesar la pérdida económica que supondría la muerte de dos vacas, otros echaron cuentas de los fardos de alfalfa que sería necesario comprar para compensar el pasto estropeado, pero el niño volvió a intervenir para decir:

-Las únicas que perdieron fueron las vacas que murieron y su familia.

Por supuesto nadie hizo caso alguno de las palabras del niño, y todos excepto Juan, siguieron con la conversación haciendo cálculos de las pérdidas.

Dicen que dentro de cada uno de nosotros hay un niño, yo no sé si lo hay o no, seguro que lo hubo, pero en ocasiones sería más que aconsejable, incluso imprescindible, porque el calibre de humanidad que puede mostrar un niño es infinitamente superior a la de un adulto.

A estas alturas de la vida debería ser innecesario explicar a nadie las diferencias entre un ser humano y un animal, pero cuando nos vemos inmersos en la tragedia que vive el Mediterráneo vamos a tener que recordar a los aparceros de la UE, especialmente al cenutrio Salvini, que las personas que arriesgan sus vidas cruzando el mar en balsas no son animales, los animales son quienes bajo apariencia humana observan la escena como si de un espectáculo se tratara, y se cruzan de brazos esperando el desenlace final.

La derecha del Pleistoceno, de la que hoy tenemos buena muestra en Santiago Abascal, Salvini o la misma Le Pen, es la misma que a finales del 39 recibía con recelo en Francia a los exiliados españoles, para recluirlos en campos de refugiados. El paso del tiempo les hizo pagar su traición a un Estado democrático, sufriendo en sus propias carnes el acoso fascista, pero lo peor de todo es que da la sensación de que a todos se les está olvidando su pasado colonialista y la situación actual, en donde las multinacionales ponen y quitan gobiernos a su placer, para extraer de sus tierras el bien codiciado, provocando guerras, limpiezas étnicas, éxodos masivos, ante la indiferencia de todo el mundo.

La extrema derecha manipula al deficiente neuronal y les vende a los más desfavorecidos que esta gente viene a quitarnos el trabajo, a vivir del Estado, a parasitar las instituciones, pero a fecha de hoy, y a no ser que me perdiera algún capítulo de la historia de España, los Rato, Urdangarín, Pujol, Mario Conde, Bárcenas, etcéreta, no vinieron en balsas o pateras, ni siquiera en yates. Son españoles, muy españoles, pero da la sensación de que independientemente del tamaño del hurto, en la idiosincrasia de la derecha extraviada son honorables súbditos españoles. A todas esas buenas gentes me gustaría preguntarles sólo una cosa: ¿Cuántos de ustedes estarían dispuestos a jugarse la vida y cruzar el Mediterráneo en una balsa si al otro lado del mar les ofrecieran mejorar con creces su actual estatus? ... sin necesidad de escuchar respuesta y atendiendo al raciocinio humano, sé de sobra que ninguno de los vividores se la jugaría, y como mucho, sólo una persona sumida en la desesperación se armaría de valor para arriesgarse.

Señores Abascal, Salvini, Le Pen (por no nombrar más), explíquenles esto a sus rebaños, explíquenles la verdad, cuenten la realidad de lo que ocurre y dejen de inventarse nuevas cruzadas. Somos conscientes de su ineptitud, y dado que nunca aportarán nada positivo a la humanidad, al menos cállense y háganse a un lado, por lo menos no estorben.

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