Un perfume con fragancia
Hay un relato en el Evangelio en el cual una mujer pecadora se acerca a Jesús y derrama sobre sus pies un valioso perfume lleno de fragancia y de un aroma especialmente oloroso y grato para los sentidos. No todos los que lo ven están conformes. Unos se quejan de que se tenía que haber entregado el dinero a los pobres, otros de que Jesús no debía haber permitido ese hecho de manos de una pecadora. Ante cualquier hecho, sea o no sea bondadoso, siempre hay diversidad de criterios. Las acciones de Jesús siempre eran de amor pero no siempre gustaban a los que con Él estaban. Pero ahora me quiero detener en la fragancia del amor, el amor siempre produce un deleite sumamente agradable, nos transporta a otras esferas muy alejadas de lo rutinario, de lo malo, de lo vulgar. El amor siempre altera positivamente nuestra sensibilidad. El amor rompe moldes y nos sitúa ante realidades antes insospechadas. Cuando hay amor no hay cabida para la tristeza, ni para el decaimiento, ni para la depresión, ni para tantas cosas negativas como existen en nuestro mundo desgraciadamente. Por eso cuando dos jóvenes están enamorados, ese amor lo puede todo, ese amor arrastra, contagia, impulsa, deleita, apasiona, alcanza la infinitud del universo, atraviesa las estrellas, llena de aromática fragancia todo el cosmos y dura para siempre. Igualmente sucede cuando un joven o una joven se enamoran de Dios, como el caso de esta mujer del Evangelio, allí ya no caben la tibieza, ni la ridiculez, ni el darse a medias. Dios nos arrastra hacia la totalidad, hacia la donación plena, hacia el abandono absoluto hacia la felicidad desbordante y contagiosa. San Juan de la Cruz dijo: ama y haz lo que quieras. Que quiere decir que si amamos, realmente todo lo que hagamos tiene que estar envuelto en esa sobreabundante y exquisita realidad que es el amor. No se puede amar y perderse en banalidades, en aburguesamientos, en cuestiones efímeras. Si amas, la fuerza del amor lo podrá todo y quedaremos hechizados por el amor. Por lo tanto vale la pena amar, pero amar de verdad, entregando la vida, entregando los sentidos. El beato Álvaro del Portillo, durante un tiempo, recibió muchas contradicciones que afectaban a su persona y dijo: "Pero no me importó por qué la personalidad se la he regalado a Jesucristo". Tú, sí amas verdaderamente, regálale a tu amor algo importante, excelsamente valioso: tu ser, tu propia vida.
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