Carta a la delegación y al embajador de Irán
Señores de la delegación iraní. Señor embajador de Irán. Miren ustedes, aquí, en nuestro país, respetamos mucho las costumbres de otros países y sería de agradecer que esos otros países también respetasen las nuestras y no se empeñaran en que acatemos las suyas, especialmente en nuestra propia casa. Y muy especialmente, en la Cámara del Congreso español, órgano constitucional que representa al pueblo español. Les aconsejo también que se lean muy atentamente el artículo 14 de la Constitución española.
Dicho esto, permítanme, señores de la delegación iraní y señor embajador de Irán, explicarles algunas de nuestras costumbres. Las mujeres españolas no nos cubrimos la cabeza con un velo. Nadie nos obliga a ello. Las mujeres españolas lucimos la melena al viento, o nos rapamos al cero, o nos teñimos el pelo de color verde menta si nos da la real gana. Tenemos la costumbre, y nuestra Constitución lo permite, de ponernos en la cabeza lo que queramos: sombreros, pamelas, gorras, flores, pañuelos, antenas en las despedidas de soltera y hasta unas coronas muy monas que ahora están de moda. Lo único que los hombres nos ponen en la cabeza en contra de nuestra voluntad son los cuernos. Pero esa es otra historia. Y además nosotras también los podemos poner, porque aquí una costumbre que no tenemos es lapidar a las mujeres por este motivo.
Otra costumbre que tenemos las mujeres españolas es mirar a los ojos de nuestros interlocutores. Nuestra Constitución no lo prohíbe y además es costumbre muy arraigada. Estamos acostumbradas a mantener niveles de conversación de “tú a tú”. Además, hablar mirando a los ojos transmite seguridad y confianza. Favorece el diálogo. Permite que las palabras se acompañen de sensaciones. Y ayuda a conocer más al interlocutor: si esconde la mirada podemos sospechar; o bien que es tímido o bien que algo esconde. De hecho, es una práctica muy agradable y sana cuando el interlocutor también mira a los ojos. Y, además, las mujeres españolas también podemos mirar a los labios y a las manos de los hombres y cuando se dan la vuelta también comprobamos cómo les sientan los pantalones por atrás. Lástima que ustedes se cubran con túnicas, pero, en fin, son sus costumbres y líbreme Dios (cualquier Dios) de querer cambiarlas.
Por último, también tenemos la costumbre de saludar estrechando la mano. ¡E incluso a veces con dos besos! En esto último somos más selectivas y no se piensen ustedes que besamos a cualquiera (como bien dice la copla). Así que, en este sentido, pueden dormir ustedes tranquilos, porque con esta costumbre somos más selectivas y no les ofenderemos.
En fin, espero haberles ayudado a entender un poco más nuestras costumbres. Si algún día yo quisiera visitar su Parlamento, gustosamente acataría sus costumbres si las mismas no ofendiesen mis principios o mis creencias, en cuyo caso optaría por no realizar la visita. Así de fácil. ¡Mire! Otra costumbre de las mujeres españolas: podemos decidir dónde entrar y dónde no. Nuestra Constitución no nos prohíbe el acceso a ningún sitio dentro de nuestro territorio. ¡Vaya! Me acabo de dar cuenta de que sus costumbres no permiten que una mujer entre en su Parlamento. Tendré que respetarlo. Es su casa
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