Por una escuela segura
Empieza el curso escolar, y la inquietud de los jóvenes y de los niños y niñas se empieza a notar; y, cómo no, también la inquietud de los padres y madres que están lógicamente preocupados por la aventura de un nuevo curso escolar lleno de retos desafiantes, de peligros, de incertidumbres, de temores, de miedos, pero lleno también de proyectos, de ambiciones, de deseos de aprender y de lograr objetivos importantes.
Los padres están preocupados por los grandes problemas que acechan a los jóvenes de hoy en día, y que por lo tanto afectan directamente a sus hijos. Las compañías, las rebeldías, el grupo de compañeros del aula, la empatía entre profesores y alumnos, el acoso, el debido uso de internet y del móvil, la pérdida de tiempo, las adicciones, el peligro de la calle, el rendimiento escolar, el fracaso, los malos hábitos que pueden adquirir.
Ciertamente el mundo en que vivimos es apasionante: por la multitud de cosas que podemos usar, que podemos ver, que podemos tener y de las que podemos disfrutar; pero también es cierto que, más que apasionante, este mundo nuestro es peligrosamente apasionante.
Hemos querido construir un mundo con tantos retos que lo hemos hecho lleno de aventuras, pero lleno también: de temeridades, de abismos que en tantas ocasiones no podemos después controlar.
Además, en la labor formativa y educativa nos hemos olvidado de los valores, de los objetivos, de las metas del fin y del porqué de nuestra existencia.
Queremos sentirnos héroes que, al fin, controlamos todo lo creado; pero nos hemos olvidado de los pilares de la creación, de Dios; y en ese olvido, y en ese estar por encima, hemos dejado normas de comportamiento, principios morales, valores éticos, actitudes de educación, respeto y tolerancia...
Hoy por ejemplo parece que decir que Dios no existe es signo de progreso. ¿Y en qué se basa esa afirmación tan generalizada? Pero así es como funciona nuestro mundo, alejado de fundamentos, de raíces, de principios, de soportes, de columnas...
Pues ahora que empieza el curso pienso: como padre, como educador, como profesor, como ser humano, que en esto debemos de profundizar. Profundizar para enseñarles a nuestros jóvenes un camino de vida y para la vida. Un camino hacia la autenticidad, la veracidad y el bien.
Un camino menos incierto y más seguro que el actual; pues este camino en el que vivimos en muchas, y en tantas, ocasiones está lleno de duras zonas escarpadas y de lugares intrépidamente peligrosos. Menos aventuras alocadas, menos ideas llenas de aparentes genialidades; y más equilibrio, más paz, más sosiego, más seguridad, más sensatez.
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