Modificar lo conveniente
Los imperios y sus civilizaciones están en constante flujo y reflujo. Se dice que un pueblo que no conoce su Historia está condenado a repetirla. Pero en realidad es una regla de la naturaleza humana en la Historia.
Dividido el Imperio romano entre Oriente y Occidente, la pinza entre un proletariado interno de esclavos dominado por privilegiados ciudadanos y un proletariado externo de bárbaros presionados por los hunos acabó con el Imperio romano de occidente en el siglo V (pienso que la Europa actual está en situación similar). A la caída del imperio se formaron grupúsculos bajo un señor feudal que se hacía cargo de protegerlos; como necesitaba procrear siervos y guerreros, lo hacía. El Papa León III, ambicionando unidad y orden, coronó emperador a Carlomagno en la Navidad del 800. Pero a día de hoy (1.200 años después) la unidad firme de Europa no se ha logrado.
Durante el siglo XVIII un siervo trabajador solo poseía a su mujer y a su prole: era proletario. Todos trabajaban y el cabeza de familia cobraba por todos el insuficiente salario con el que tenían que comprar alimento a los labriegos del señor y pagar el alquiler de la choza a su administrador. Aunque la prole pudiese elegir un nuevo destino al llegar a cierta edad, ¿dónde iba a ir, de qué y cómo iba a vivir si todo le pertenecía a otro?
Ahora el obrero ha muerto y los asalariados tienen los días contados. El ser humano ya no es un medio de producción, lo son los robots junto a inteligencias artificiales. Como consecuencia, la clase asalariada se ha convertido en "precariado". Como no procrean, no tienen prole: no son ni proletarios. Hasta la Administración contrata interinos (en precario) a media jornada (medio salario) a gente que solo tiene ese único salario. Eso ataca a la salud emocional de muchos, lo que traerá políticas activas para atajar tales síntomas emocionales, pero no su curación.
Las revoluciones tienen su momento, y la obrera de principios del XX ya no tiene sentido: el obrero ha muerto. No se le ha enterrado aún, pero la tumba ya está cavada. La izquierda ha renunciado a lo global por lo local y particular, y no quiere enterarse de lo que le viene. Por lo que, quedándose sin fe ni esperanza en la universalidad, se concentra en grupúsculos de identidades diversas para excluir a los otros de la misma identidad. Crean así su falsa universalidad de grupúsculos. La izquierda debe revisar sus aprecios porque, si de verdad quiere la universalidad de todos, debe apreciar que la unidad de todos sin exclusión es un Estado de derecho llamado España, unido a la confederación de estados llamada Unión Europea, para, desde ahí, modificar lo conveniente para avanzar hacia un nuevo paradigma que haga posible la equidad y la libertad de todos dentro de una Europa soberana alejada de nacionalismos. Pero... es ley entrópica de la naturaleza humana repetir la Historia e ir al caos.
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