El IVA es de todos
Antes de implantarse el IVA (Impuesto sobre el Valor Añadido) los productos de consumo cotidianos ya estaban grabados por el Impuesto General sobre el Tráfico de Empresas (ITE). Fue el principal impuesto entre 1964 y 1985. Afectaba directamente a las operaciones típicas en el tráfico de las empresas, sin afectar demasiado a nuestros bolsillos. Fue sustituido por el IVA, como impuesto indirecto empresarial, como condición ineludible marcada por la Comunidad Económica Europea para admitirnos a formar parte del Mercado Común. (Otros países, como Francia, lo aplicaban ya desde 1954). En España los tipos de IVA actuales son: superreducido, 4%; reducido, 10%, y general, 21%. Razones sociales o culturales hacen que sean pocas las operaciones que están exentas de este impuesto, el segundo que más recauda después de IRPF. Es tal su importancia que, actualmente, sobrepasa los 200.000 millones de euros de recaudación anual. Gracias a él se pueden cumplir los Presupuestos Generales del Estado. (Solo para pagar nuestras pensiones se necesitan 120.000 millones de euros anuales).
Nuestro pesado amigo jubilado Bras nos contó todo lo dicho en el último paseo mañanero. Y como se terminaba la caminata no pudo acabar con su arenga, así que nos recomendó que pensáramos en ello. Este hombre siempre tiene a mano la facultad de dejarnos mal a gusto y, lo que es peor, hacer que nuestra cabeza piense y dé vueltas y más vueltas. Así es que, visto lo visto y haciendo caso a Bras, pensé en el IVA largo y tendido. Y como consecuencia de ello, con motivo de cualquier compra, recordé que muchas veces nos preguntan a la hora de pagar: “¿Quiere usted factura?, ¿necesita el tique?”. Al tiempo que nos aclaran: “Si le doy el tique tengo que cobrarle el IVA”. Si respondes que no, ahorras de pagarlo tú y el vendedor evita declararlo en la declaración de la renta o en el impuesto de sociedades, eludiendo al Fisco. En cambio, si dices que sí, pagas el IVA que va al Estado y el vendedor tendrá que pagar sus impuestos derivados de este concepto, sin poder eludirlos.
Además, si no se pagan estos y otros impuestos a los que estamos obligados, podremos ser considerados por la Administración, para empezar, como presuntos defraudadores fiscales, aplicándonos el peso de la ley de poder justificarlo. Aunque mirándolo bien, reconozcamos que en este país “defraudador fiscal” suele estar mejor visto que apropiador, atracador, bandido, caco, carterista, cleptómano, cuatrero, estafador, expoliador, rata, ratero, salteador, timador... Que no le parezcan mal a nadie estas palabras, ni muchas otras similares que aquí no cabrían y que hacen alusión a personas que tratan de conseguir por métodos ilegales lo que no les pertenece, lo que no es suyo y sí de los demás.
Pero... ¿quién no ha caído en la tentación de no querer tique o factura con tal de no pagar el IVA? Si no pagamos el IVA, pueden verse afectados los Presupuestos Generales del Estado y, como consecuencia, a lo mejor tenemos que sufrir con los baches en nuestras carreteras, no tener seguridad en las calles ni en casa, no disponer de hospitales ni de la mano del médico para curarnos, hacer que peligren nuestras pensiones y, así, sucesivamente.
Ya sé que podemos pensar que si lo pagamos pues tanto que perdemos, justificándonos para no hacerlo con aquello de que... “ya nos meten bastante la mano en el bolsillo para cobrarnos otros impuestos”. Pero no es un problema de otros el de pagar el IVA. Qué va, qué va, esta vez es un problema directamente nuestro y que, por tanto, nos incumbe a todos.
Así es que a partir de ahora, amigo lector, pensionista o no, seamos responsables, no metamos la cabeza debajo del ala y exijamos factura o tique como justificante de los pagos que a diario hacemos, pues, sin duda, el IVA es una cuestión de todos.
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