Álvarez Duarte

17 de Septiembre del 2019 - Rafael Gutiérrez Amaro (Linares)

Me ha causado una honda impresión cuando he recibido la noticia del fallecimiento de Luis Álvarez Duarte, tras un ictus que no pudo superar. Él es el imaginero sevillano que ha puesto tantas y tantas caras a nuestra Madre la Santísima Virgen María y que ha realizado tantas imágenes de Cristo y de las distintas figuras evangélicas que vivieron la Pasión del Señor. El sentimiento tras su marcha al cielo, para muchos ciudadanos de Andalucía y de toda España, habrá sido de profunda emotividad: humana y espiritual.

Luis esculpía con maestría hasta el aroma que rodeaba el esplendor de la Madre.

Luis esculpía con extremada belleza hasta las mínimas peculiaridades de las profundas lágrimas de María, Madre y Señora.

Luis sabía dibujar, con arte consumado, el velo de santidad de nuestra bendita y Santísima Virgen, madre de tantos y tantos corazones.

Luis llenaba de calor humano y sobrenatural a todas y cada una de sus imágenes.

Cuando salían a la calle las imágenes de Álvarez Duarte, respiraban el aire puro de la ciudad y de ellas brotaba la vida; el esplendor se hacía presente; la oración necesaria.

La bulla entusiasmada trasladaba sus emociones, era un inmenso bullicio de sensaciones extraordinarias.

Álvarez Duarte había dejado en ellas la huella de su indiscutible sabiduría.

Donde estaba cualquiera de las obras de la imaginería del artista estaba Dios, pues este artista celestial sabía en cada momento dar ese tono divino a la obra humana.

Si para Sevilla Martínez Montañés era el Dios de la madera; Álvarez Duarte podía ser muy bien para toda Andalucía el artista de lo excelso, de lo genuino, de lo espléndido, de aquello que ha sido maravillosamente realizado con todo el amor y con delicado cariño.

Las delicias de las imágenes de Duarte son inmensas, el deleite de su hermosura era esplendoroso.

Todas y cada una de ellas nos ayudan a rezar, nos ayudan a que nuestro corazón renueve su propósito personal de conversión. Ante Álvarez Duarte y sus obras no se podía estar indiferente porque la maestría del artista brotaba de su corazón como un inmenso manantial de sobreabundantes dones.

Sin lugar a duda, Jesucristo y su Santísima Virgen habrán acunado con amor a Luis Álvarez Duarte en su llegada a los celestiales, eternos y divinos parajes. Descanse en paz.

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