Restos animales
Es un tema espinoso el de los toros. Cada tribu enriquece el debate con una nueva perspectiva: animalistas, vegetarianos y veganos por el maltrato y por no comer animales; para las feministas una manifestación más del heteropatriarcado que hay que prohibir. Del otro lado están las tribus a favor, los ganaderos, los toreros y los aficionados. Para los ganaderos es un negocio, una forma de vivir basada en la genética. Para los toreros es una manera de ganarse -o perderse- la vida por una pasión que va mucho más allá de lo razonable. Quien no haya visto de cerca un toro bravo haciendo de las suyas no puede saber hasta qué punto son peligrosos.
Salvo el matadero para carne o la exportación a la India disfrazados de vaca para salvarlas porque allí son sagradas por la leche, difícil pensar qué hacer con el ganado bravo si no fuera negocio o de interés para nadie. Quizás los toros vagarían errantes por los montes hasta que la emprendieran contra el hijo de alguien. Entonces se formaría un movimiento para su regulación o su exterminio ordenado; o para ponerles bozal o cencerro y escucharles venir. Y cuidado con lo de exportarlas a la India porque si las dejan libres por la calle se pondrían morados a ensartar gente. Se escuchan ideas menos peregrinas para enriquecer el debate.
Nunca olvidaré la primera corrida a la que asistí. No quería ir porque opinaba que era una salvajada, pero estaba de farra con un grupo de gente que no me dio opción y con el suficiente alcohol encima como para hacer la machada. Una vez adentro sentí una conexión con mis venas inimaginable segundos antes.
Así que habría elegido morir con la estocada magistral propinada por el torero Juan Leal a ese bellísimo toro cárdeno, segundo de la tarde de la ganadería Fuente Ymbro, en la Feria de Bilbao de este año. Después de cuatro años bien cuidado y alimentado en las dehesas de las repúblicas ganaderas, arrimando a cuanta vaca pareciera dispuesta, morir rápido, guapo, con muchos nietos y entre aplausos, no parece una mala forma de morir. Sobre todo frente a alternativas como la extinción, los inesperados tiros de los furtivos, el matadero para carne o una larga y penosa enfermedad.
Claro, eso lo dice uno creyendo que el toro tendría opinión y, sobre todo, no siendo toro. Ya puestos, hay que suponer que nadie quiere morir, pero salvo los suicidas exitosos o personas con testamento vital, nadie elige la forma de marcharse. Esto debería hacernos reflexionar sobre el proceso de convertirnos en civilizados. Proceso que cada vez más parece consistir en alejarnos de nuestros instintos básicos, en sacudirnos los restos de Neanderthal o de gorila que nos queden. Curioso este afán de meter los instintos bajo la alfombra porque la realidad, saturada de crónica roja sobre barbaridades que cada vez ocupan una porción mayor del telediario, parece demostrar que nuestros restos animales triunfan en lo que a quedarse en la cadena evolutiva se refiere. Todo indica que nuestras restos animales acaban siempre pasándonos la factura.
Puede que los toros conecten con esa parte primitiva, rastreable tras miles de generaciones. Un ritual pagano donde se escenifica el círculo de la vida y la muerte a través de cientos de pequeños símbolos y gestos que conectan con lo atávico. Cada partícula de esta liturgia tiene un significado concreto y allí están los tomos del Cossío para demostrarlo. Los aficionados somos cada vez menos y nos cuesta confesarnos en público. Lo hacemos en círculos cerrados y con miedo a iniciar una trifulca o a que piensen mal de uno. El sentimiento empieza a ser un poco como el de ser tataranieto de Stalin, Hitler o Pol Pot; no tienes la culpa, claro, pero la duda se cierne sobre ti. Y si encima dices que te encantan los animales, para qué quieres más. Gente respetable y querida abre los ojos en huevo frito o dicen "no te pega nada". Quizás tengan razón si zambullimos a las personas en las fórmulas matemáticas: si eres X, no puedes ser Y.
Pero qué sabrá nadie lo que le pega a ninguno, por no saber, no lo sabe ni uno mismo. Hace falta valor para probar cosas diferentes y sabiduría para no arriesgarse a probarlo todo muriendo en el intento. En todo caso, no creo que el tema de los toros se resuelva, pero sí ayudaría un poco de respeto y tolerancia.
La tolerancia es una diferencia consentida, un margen de admisión, una tregua al agotador ejercicio de tener siempre la razón, pero también un reconocimiento humilde de que la realidad nos supera, que por más que haya instintos dificultando la convivencia social, esos instintos están allí para quedarse, para dar la vuelta a la tortilla cuando menos lo esperamos; incluso si aún está cruda.
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