"El Caso"
Existía antaño un semanario de sucesos que quien tenía a bien de degustar crímenes se enteraba con pelos y señales de todos los ocurridos. Lo llamaban "el periódico de las porteras", no era bien visto ser asiduo lector, así como ocurre ahora con esa basura de programas de Tele 5, que nadie ve, pero tiene audiencias de espectáculo, sin que con ello queramos comparar para nada los temarios de los mismos. Así ocurría con "El Caso", tenía tiradas importantes sobre todo cuando alguien destripaba con un machete, descuartizaba al amigo en un bar con la navaja de capar cerdos o el crimen era perpetrado o victimado entre personas famosas. A pesar de la censura, estaban bien argumentados todos los delitos con fotos que recreaban a la perfección para bien de los degustadores de las miserias de los demás.
Ahora ya no existe "El Caso", pero casos siguen existiendo. De esos casos se encargan los medios y los telediarios de surtirnos a diario (al desayuno y al almuerzo para atragantarnos la comida), si fuera poco tenemos a las feministas y los políticos haciendo de portavoces en un alardeo y recuento de crímenes sin precedentes. Enumerando uno por uno los de violencia de género, existen otros a montones (contra ancianos y ancianas), pero esos no les interesan. -Me da no sé qué coincidir con Vox en esto de que los crímenes deben ser considerados y penalizados todos dentro de una Justicia plena y justa; donde en la propia ley no se cometen discriminaciones o de pie con malicia y perversidad usar esa ley beneficiosa para conseguir engañar y acusar sin piedad y sin pruebas definitorias que dejarán señalado al sujeto en cuestión de por vida, ya sea declarado inocente después. Como decía Olga Seco, "eso de vivir bajo sospecha sin ser culpable es de las peores cosas que puede vivir un ser humano".
Escuchamos y vemos a las ministras en funciones de Pedro Sánchez hacer de corresponsales, recreando "El caso institucional" la desvergüenza de usar las miserias humanas como reclamo electoral. Van sumando cada víctima de violencia de género con un regusto que asusta. Sacan jugo de lo peor del ser humano, que es asesinar a su pareja. Soluciones no tienen ninguna, pero dan pie a que las mujeres en general se enfrenten a la muerte como vemos. La Policía tenía a bien aconsejar que, ante un robo en la calle, ante la tesitura de una violación en manada, no enfrentarse jamás a los delincuentes. Pues con los conflictos en pareja, dan pie a todo lo contrario, las animan a enfrentarse al energúmeno, luego las consecuencias las vemos. Deben ser consentidoras, ¡no!, pero es delicado entre tanta mente diferente y deformante, entre tanta familia fracturada, entre múltiples problemas personales, familiares y sentimentales..., ponerse a dar consejos. Quizás estos últimos (los sentimentales) sean los que menos afectan a estos crímenes que parecen no tener fin, pero las feministas siguen haciéndonos creer que son los causantes en mayor porcentaje de las causas tratamos. Me parece que existen otros temas que influyen más en ese perder la cabeza a quienes hasta pocas fechas atrás se amaban y compartían vida, ilusiones y proyectos: los económicos marcan la diferencia en todos estos crímenes. Un simple razonamiento, ¿cuántos crímenes se cometen entre parejas acomodadas económicamente? (ocurren también), pero no hay color en la proporción. Los ricos se separan, tienen para dar, regalar y repartir. Los pobres sólo repartirán miseria, si de lo poco que tienen, una de las dos partes se queda en la calle sin futuro y marcado de por vida, pagando la hipoteca, sin hijos y sin dignidad, la desgracia está servida en bandeja fina. ¿Eso no quieren oírlo, verdad?, pues mientras no solucionen este tema, seguiremos teniendo que convivir con tamaña sinrazón.
La educación es primordial, pero hay que dar soluciones a problemas de reparto de hijos, casa, pago de hipotecas, manutenciones..., no seguir removiendo la mierda, solo conseguimos expandir el olor. Inmiscuirse en los problemas de una pareja (sean familia, vecinos o extraños), si no es para darles solución, solo empeora la situación. Me recuerda a esa ley del menor, donde cualquiera extraño se le da la potestad para denunciar a una madre por darle un cachete a su propio hijo, ¿verdad que no es serio? Pues aquí sucede lo mismo. ¿Quién no discutió en pareja?, pues esa vecina animada por esa feminidad simplista llama a la Policía alertada por gritos entre vecinos, ¡ya está el daño elevado al cubo!, en caliente, sin dejar enfriar la discusión en privado, será el principio de una relación rota por una ley resultona. Un cachete jamás puede ser maltrato, una discusión en sí jamás puede ser interpretada como principio de un maltrato en potencia. Así somos, así resultamos: todos buenos, pero no es así. En una discusión de pareja sabe gritar tanto la mujer como el hombre, la razón estará en el amor que se profesen. Brujas alrededor, solo traen predicciones de futuro aventuradas sin pies y cabeza. Es fácil romper, muy difícil componer.
En mis 66 años de vida siempre traté de comportarme con educación y respeto, pero sé que no soy una persona cómoda para nadie, practico la asertividad (La asertividad es una forma de comunicación que consiste en defender tus derechos, expresar tus opiniones y realizar sugerencias de forma honesta, sin caer en la agresividad o la pasividad, respetando a los demás pero sobretodo respetándose a uno mismo sin comulgar con ruedas de molino) soy contestatario, reivindicativo, incómodo para hijos, nietos, amigos, enemigos... cuando tengo que ejercer la crítica, siempre sin encorsetamientos. Los boinas verdes llevamos a bien no dar pasos atrás, ni para coger impulso. ¿Somos mejores que otros? ¡No! Todo lo contrario, creo que nacimos para la guerra, son infinitamente mejores las gentes de paz. Ahora estamos en guerra, guerra contra: el despotismo, el egoísmo, la insolidaridad, la demagogia y la hipocresía generalizada que vivimos. Ya no importan las personas, solo nuestros intereses. Ya no importan los discapacitados, dependientes, parados, mayores, los ancianos, solo aparentar. Las reivindicaciones actuales son para conservar privilegios en vez de apoyar y ayudar a quien carece de ellos.
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