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El fúnebre cariño de Antón

11 de Octubre del 2019 - Ricardo Luis Arias (Aller)

Murias, en el concejo de Aller y ya casi al final del paradisiaco valle de Río Negro, es un pueblín cargado de belleza, tipismo e historia, ésta protagonizada por el brigadier Lorenzo Solís en el Virreinato de Nuevo México, allá por el siglo XVII, como ya hemos dicho aquí. Solís fue, además, el que tanta cultura dio no solo a su concejo sino a todos sus limítrofes con aquella famosa Colegiata por él construida y sostenida (amigos de Murias, ¿cuándo iniciamos la reivindicación histórica de Solís y lo sacamos de su lamentable e injusto olvido?), que vino a ser casi una universidad en su tiempo. Y a uno le resulta muy grato volver a Murias, de tan gratos recuerdos.

Y en Murias estamos otra vez, ahora para recordar a otro paisano que también fue famoso aquí, al igual que Carlones, Felipe, Carlitos, Jaime Caleya, Bayón y otros paisanos que no recuerdo ahora, y por mujeres, Salustiana, que era la bondad personificada. Nuestro paisano se llamaba Antón, casado con Pepa, guapetona ella, con un haber amoroso de muchos pretendientes, pero el que se la llevó a la Vicaría fue Antón, que era un mozu muy bien fechu y el mejor jugador de bolos del concejo. En cuanto a Pepa, bueno, lo decía muy bien Antón. “La mio muyer ye la más guapa del llugar, y somos tan felices que comemos toos los díes perdices...”. Felicidad que se convertía en tragedia cuando Antón, después de una partida de bolos, regresaba a casa del brazo de Baco y con un buen rezume etílico. Pero como después de la tormenta vuelve la calma, Pepa lo olvidaba, sobre todo si el su Antón le traía unos pasteles, porque era muy golosa. Y el día que se olvidaba de traerle los clásicos pasteles, entonces ese día Antón solía dormir en la cuadra con las dos vacas que tenían, la "Torda" y la "Morica".

Fue en Moreda donde se celebró un importante campeonato provincial de bolos, al que Antón no podía faltar y en el que quedó subcampeón. Naturalmente, aquello había que celebrarlo etílicamente. Así que si el campeonato fue un domingo, la celebración duró hasta el miércoles por Moreda y Nembra, empinando bien el codo. El regreso a Murias fue épico cuando Antón, con la pinta y el rezume que traía llegó a casa y se tuvo que enfrentar con su mujer convertida en una pantera, dispuesta a tirarse a su yugular. Suspense. Antón, con cara de víctima propiciatoria, le ofrece el paquete que traía. “Toma, Pepa, hoy tráigote más pasteles que nunca”. Lógico, porque nunca había tardado tanto tiempo y de aquella pinta etílica y de rezume. La pantera se vuelve a convertir en mujer al ver aquel enorme paquete de pasteles. El dulce despeja la tormenta, calma los ánimos, y Antón, con un fuerte eructo alcohólico, queda tranquilo porque tranquila es ya la situación. Entran en casa los dos, Antón con unas ganas enormes de coger la cama y abrazarse fuertemente a Morfeo. Metido ya en el catre dispuesto ya a dormir, su mujer, pastel en mano, se sienta a su lado en la cama, y le dice: “Mira, Antón, ahora soy yo la que quiero xugar aquí ahora a los bolos. Tienes que demostrame lo que me quieres”. Incorporándose con trabajo en la cama, Antón abraza a Pepa, y le dice:

–Fíjate lo que te querré, muyer, que antes de vete viuda a ti, prefiero veme viudu yo...”

Como en tantas otras ocasiones anteriores, aquella noche Antón volvió a dormir en la cuadra, con la "Torda" y la "Morica".

Esto me lo contó el propio Antón, en 1943, cuando acababa de cumplir 80 años, y es un recuerdo más, entrañable, de aquel pueblín de Murias, en el que en 1926, uno se hizo allerano, en buena hora y de buena mano, como aquí ya hemos dicho y razonado. Murias no es más que un referente o demostración de la belleza, tipismo, historia y leyenda de los pueblos de Aller, cuya xente es un ejemplo de convivencia en la gran aventura de vivir.

En el terreno cultural, ayer, tenemos la gran colegiata de Murias fundada por el brigadier Lorenzo Solís, una destacada figura militar en aquella España de ultramar, que siguió sosteniendo y costeando, testamentalmente, hasta después de su fallecimiento, ocurrido en Veracruz (México), el 16 de noviembre de 1761. Y hoy, en ese terreno cultural, está el intelectual escritor y novelista Eduardo Alonso, con un medio centenar de libros pulicados, y una personalidad en Valencia en el terreno literario y como catedrático de aquella Universidad. He aquí dos importantes hijos de Murias, merecedores de nuestro reconocimiento. ¿Cómo? A Solís, convirtiendo en realidad esa idea de erigirle una estatua en Murias, y en cuanto a Alonso, bueno, podía ser muy bien el tercer Hijo Predilecto de Aller. He aquí dos ilustres alleranos, uno ayer y otro hoy, que no pueden ser olvidados.

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