El crepúsculo de un dios menor
El bocado que Errejón piensa meterle a Pablo Iglesias en las próximas generales, de confirmarse, dejará al líder podemista cercano al óbito político. Entre el descosido valenciano de Compromís, el desgarrón anunciado por la contestataria Teresa Rodríguez, el jirón de la Chunta, el roto de En Marea, el muy probable resquebrajo de lazos comunes con sectores de Podem y muchas otras grietas abiertas, la crónica mortuoria del vecino de Galapagar parece algo más que anunciada. Sucumbir ante el terremoto Errejón sería la demostración palmaria de que las bases de Podemos son más emocionales que racionales, más dionisíacas que apolíneas.
Todo empieza en el segundo congreso estatal de Podemos, Vistalegre 2, donde la guerra abierta entre bolcheviques y mencheviques concluye con la victoria de los primeros. Pablo Iglesias, al igual que hiciera Felipe González con el referéndum para la permanencia de España en el club Atlántico, amenaza con la orfandad en el liderazgo caso de no ser gratificado con los laureles de César. Las bases del partido, autonombrado renovador, claudicaron a los encantos dialécticos de este nuevo Zaratustra. Crecido y ambicioso, el recién elegido superhombre para la defensa del proletariado comienza su renovada andadura con el objetivo de asaltar los cielos. Su primer paso fue cortarle las alas a Errejón y ascender al Olimpo de la portavocía parlamentaria a la por entonces compañera de viajes y ahora madre de sus hijos, Irene Montero. La segunda gran decisión política de Iglesias constituye una de las mayores frivolidades ideológicas de la izquierda fabulada: utilizar las bases del partido para limpiar la incoherencia en el relato y ahogar las críticas, una vez consumada la compra del chalé de lujo en la sierra madrileña.
Nada de esto tendría importancia determinante, ni daría pie al más que previsible descalabro electoral de la izquierda, si Pablo Iglesias conociese los límites del pragmatismo negociador y de la continencia verbal. Claro que lo que la naturaleza no dota, la Facultad de Ciencias Políticas no presta. El salto de Errejón a la política nacional es el último asidero que le queda a esa izquierda social serena, patriota, no patriotera, sin complejos ni mochilas que huelan rancio y con el horizonte puesto en una mayor profundización democrática y defensa de un sector público que permita la igualdad de trato y oportunidades.
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