Ruindad con la caza
Quien afirma que “la caza es un refugio de miserias personales” se está refiriendo a la invención de un argumento. Sobre esta base se identifica un tacticismo claramente indicador de la ligereza con que algunos se expresan sin haber acreditado ninguna capacidad de análisis objetiva, más allá de sus propias intenciones. Se han centrado en esta oportunidad los focos de la atención en formular todo tipo de objeciones de carácter descalificador hacia la caza y su mundo, siguiendo la clásica estrategia de señalamiento y estigmatización. No saber lo que pasó antaño en Asturias con las especies cinegéticas inhabilita cualquier pretensión de cuestionarla como una función de trabajo solvente en la naturaleza.
Afortunadamente el cazador, aquella persona que ha hecho de la práctica de la caza un buen ejercicio (la inmensa mayoría), ha sido y es muy consciente de que destruir la naturaleza es destruirse a sí mismo. Con el fin de proteger y fomentar el escaso hábitat cinegético que había sobre la superficie de Asturias, a partir de la segunda mitad del siglo pasado, un grupo de entusiastas cazadores, reunidos, se constituyeron en asociación con la finalidad de crear cotos de caza de tipología social. Cuidados con esmerada vigilancia desde su inicio por un extenso y preparado cuerpo de guardería (una sola sociedad llegó a tener 33 de este personal a su cargo), y una inteligente gestión sobre el ordenamiento que requerían, pronto muchos de ellos adquirieron notoriedad al convertirse en espacios naturales con una gran carga de fauna cinegética cérvida y de rumiantes bóvidos autóctona y de otras que fueron introducidas para su repoblación.
Es evidente que sobre la excepcional densidad y diversidad de especies de caza y silvestres protegidas, que a día de hoy campean provistas de libertad y en plenitud de sus facultades por los espacios abiertos de la exuberante naturaleza de que goza orgulloso el Principado, generando expectación su sola presencia para solaz recreo de la vista de quienes acuden en visitas guiadas a observar una parte imprescindible de sus ciclos vitales –excluyendo la explosión demográfica del jabalí, que nos ha sorprendido y desbordado–, tiene mucho que ver en su composición la caza social asturiana como agente trasformador y proteccionista principal. Es la consecuencia lógica de haber desarrollado en el tiempo, continuado en la actualidad, un comprometido y virtuoso trabajo de tamaña solvencia al que han prestado su vínculo permanente y renovado, sin ánimo de lucro, en claro servicio a la sociedad, numerosos efectivos del gremio de cazadores que lo han hecho posible.
Este proceder de generosa actitud que tan extraordinarios resultados ha logrado conseguir tiene el significado de haberse constituido en una verdad incómoda que tratan de anular quienes traman confinar la caza. Conviene recordar la recomendación que hace la Unión Europea a sus estados miembros, invitando con ello a “contribuir en la medida de lo posible a hacer comprender mejor a la opinión pública el papel esencial de la caza en la conservación del medio ambiente y en la búsqueda del desarrollo económico de las regiones rurales”.
Es sabido que a la caza le rodea una aureola de controversia por algunas escenas o pasajes que por desgracia suceden en su entorno desprovistas de moralidad, difíciles de erradicar, aprovechadas oportunamente a gran escala publicitaria por quienes se alimentan de estos motivos para acentuar sus propósitos de querer identificarla como una agresión colectiva a la naturaleza más que una actividad que contribuye a conservarla. Siempre hay alguien, en cualquier orden de la vida, que muestra su faceta transgresora que le lleva a hacer caso omiso de la ética y a invadir las competencias de la ley. A la caza tampoco le son ajenos estos problemas.
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