El futuro del hombre o el de Dios
Si me interesase la política, sería uno más de los desencantados ciudadanos que no pueden creer lo que está pasando. ¿Podemos imaginar que la moción de censura con todos los votos extremos -es decir: los que no buscan la unidad de España- no hubiese prosperado? Al menos, habría un gobierno, una normalidad, un presupuesto, un programa para paliar la deuda, un contacto con Europa, etcétera, y hasta los medios se podrían haber ahorrado páginas y páginas de lo mismo sin salida. Ahora ni siquiera sabemos dónde estamos ni adónde vamos. Por eso mismo, porque poner nuestras expectativas en quienes solo buscan su propia promoción es, en realidad, vender la vida por una idea -la vida se compone de tiempo-, la propia y la de los demás.
Si el ciudadano no se viese parte de una empresa que trabaja para un jefe que sin ser el dueño se lleva los beneficios; si el ciudadano pudiese confiar en una justicia libre y bien amparada por la ley; si la sociedad fuera estimulada de algún modo a volver sobre los principios morales, en la familia, en el colegio, en la oficina, en la comunidad de vecinos, en la calle, en la carretera, en el hospital, en los actos públicos...; si el ciudadano fuese educado para ser ciudadano ejemplar...
El problema comienza en una gestión interesada, no en un servicio, y así no hay plan de regeneración posible. Luisa F. Rudi, con la que coincidí en el AVE vía Madrid, una persona cabal como pocas en política, reconocía el desencuentro entre la política y la sociedad.
Llevo cincuenta años estudiando a fondo la profecía bíblica, en ella está la clave de nuestro futuro. El gobierno de Dios pronto reemplazará a la nefasta gobernación humana. Daniel 2:44 dice: "En los días de esos reyes, el Dios del cielo establecerá un reino que nunca será destruido ni pasará a manos de ningún otro pueblo. Este reino hará añicos y pondrá fin a todos esos reinos, y será el único que permanecerá para siempre". La profecía inspirada por Dios se ha venido cumpliendo; la del hombre, no.
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