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Vivir acongojados

4 de Octubre del 2019 - Justo Roldán (Oviedo)

Menos mal que algunos nos tomamos las noticias referentes a las predicciones y los malos augurios de los catastrofistas a chirigota, pues, de lo contrario, viviríamos acongojados con tanto “charlatán” ideológico y tantos “ecolojetas” que desde Mayo del 68 se han dedicado a pronosticar las mayores catástrofes sobre el futuro de la humanidad.

Y para los que ya tenemos cierta edad todo esto del “cambio climático”, presentado y vendido como un “hecho novedoso”, no es más que otra versión de aquella “malthusiana” de la superpoblación y de la catástrofe alimentaria que se auguraba. Pues ni lo uno ni lo otro. Hoy, las sociedades se han envejecido; el problema del hambre se convirtió en el de la obesidad y sus múltiples dolencias, asociadas a la sobrealimentación. El movimiento hippy que invadió aquellos años sesenta pasó sin pena ni gloria (para algunos con más penas, consecuencia de aquellas “modas”), y sus impulsores, convertidos, en su mayoría, en unos burgueses, guiados por las pasarelas, más famosas del mundo de la moda y cambiando el “Libro rojo” de Mao por la “Guía Michelin”.

Pasado aquello, que es lo más reciente -al menos en mi caso- que tengo en la memoria, otra corriente, denominada ecologista y que no es más que una denominación de lo que es, fue y será educación cívica, empezó a invadir el mundo político, para hacer -otra vez más- del marxismo una nueva versión pero adaptada a los tiempos y llegar a las esferas del poder, para desde él ir cambiando a la sociedad, desde la familia, la cuna, la escuela, la Universidad, etcétera, con la finalidad de manejar a los más posibles. De ahí les viene a ellos su defensa en exclusiva de la democracia, cuando cualquiera que haya leído un poco de historia sabe perfectamente que el socialismo no defendió nunca la democracia, la utilizó. Y en estas estamos. Intentando que la sociedad viva en un sinvivir; pendientes de ecosistema, del cambio climático, de lo que comemos, bebemos y hasta leemos y pensamos. Amenazándonos con otros nuevos desastres -que ya no son las nucleares-, sino el deshielo de los polos, el aumento el nivel del agua en los mares y océanos, la capa de ozono, la desaparición de especies animales (menos el hombre), la pérdida del Amazonas, y la preocupación por el planeta Tierra, al que algunos tienen como un “dios” y a los árboles como sus amores (no es extraño ver en Alemania cómo hay quien se abraza a ellos).

Y en esta locura generalizada vivimos en la actualidad. Así es que el desconcierto ha llegado a tantos que solo viven cuantificando todo: el peso, la tensión, la frecuencia cardiaca, sus niveles de glucosa, sus kilómetros de running, sus calorías, sus comidas, la procedencia de sus ingredientes, la composición de los mismos, y ya el colmo de la “chifladura” (como diría mi abuela), porque aquí ya es esquizofrenia pura: no comen carne, y menos si al animal en cuestión no lo mataron a “besos”. No comen pescado, para no terminar con la pesca. Comen “verde”, porque aún a nadie se le ocurrió decir que las plantas también sufren: por cierto, que se les habla, no es la primera vez que lo oigo.

Pues bien, si hay quien quiere comulgar con estos disparates, nada racionales y mucho menos científicos, allá ellos, ellas y los que son todo lo contrario. Algunos seguimos -será la edad- negándonos a que nos manipulen. Pero que sepan que no es nada nuevo, y que algunos hemos sido testigos de eslóganes como “haz el amor y no la guerra”. Claro que, en mi caso, me toca la guerra en la paz: la mili.

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